Cabalmente

Antonio Flores: el amor, la paleta de óleos y la tinta del corazón

Escrito por . Publicado en Músicas hace 3 años.
AntonioFlores

‘Una espina se clavó en la cima de mi montaña. Y una nube se posó sobre mi tela de araña. Tú sabes cuál es mi dolor. Por favor, dame calor’ (Una espina, del álbum Cosas mías, 1994)

«Hay que vivir, joder. Disfrutar estos cuatro días. Que luego llega la muerte y te corta por la mitad». Antonio dejaba esta y otras frases impetuosas en la grabadora de un servidor poco antes de que la desgracia se posara sobre su familia. Estaba en el Teatro Central de Sevilla para actuar en el programa de Miguel Ríos Fiebre de Sur, año 1994. Aquel día no acudí a entrevistarlo a él, sino al cantaor Enrique Morente. Tremenda la charla con el maestro granadino, por cierto. Saludé a Lolo Ortega, fabuloso guitarrista de mi adorada Caledonia Blues Band. Me presentó a Antonio Flores, a quien acompañaría sobre el escenario. Se me puso a tiro, vamos. Ahí tenía la batería de preguntitas que en aquella época, a mis veintipocos, formulaba a cada artista a modo de cuestionario complementario a la entrevista promocional. Y ahí estaba él para dejarme hechizado.

Antonio Flores (Madrid, 1961 – Madrid, 1995), el único hijo varón del clan González Flores, tenía un corazón que no le cabía en el pecho. Afable, eternamente colega, en su efímero paso por este mundo despiadado fabricó tres cosas en cantidades ingentes: amigos, grandes canciones y… errores. Siempre en el filo de la navaja. Un rockero de sangre flamenca. Un artista de raza curtido en acordes de Eric Clapton, Albert Collins o B.B. King. «Toco mejor el blues que las bulerías», decía. El 31 de mayo de 2015 se cumplen 20 años de su trágica muerte. Justo cuando estaba en la cima profesional –el despegue de su hermana Rosario con De ley, plagado de melodías de su puño y letra, y el triunfo de su propio álbum, Cosas mías– y en la sima emocional tras la muerte dos semanas antes de su madre, Lola Flores. Tristeza, alcohol y barbitúricos se lo llevaron por delante cuando contaba, como aquel, 33 años de edad.

Al músico. Al poeta. Al hombre. Con respeto, admiración y melancolía. Con mi agradecimiento más sincero por regalarme un momento mágico en su fugaz caminar.

 

ANTONIO FLORES: «AL QUE LE GUSTE MI GUITARRA, QUE SE VENGA CONMIGO»

Unas veces guerreros, otras tenues, siempre con brillo singular. El pasado martes palidecieron los colores de la paleta de Antonio Flores, la misma que usaba para combinar las esencias del flamenco y el rock, precisamente cuando la mezcla lucía más radiante que nunca. Meses atrás, con motivo de la grabación de un programa de televisión en la isla de la Cartuja, interrogamos al artista madrileño sobre su filosofía de vida. Antonio respondió con vehemencia, nobleza, sinceridad. Habló de la muerte, de la vulnerabilidad. Del éxito. De su receta para salvar al mundo. Son las palabras de un músico de ley. Un pura sangre del rock.

– ¿Quién te crees que eres?

– Antoñito.

– ¿Cómo vive un Flores en Madrid?

– A mí me conoce todo Madrid. Yo no soy el famoso que pasa por la calle y lo ven un día. A mí me ven todos los días. ¡Antoñito, hasta luego!

– ¿Por qué pasaste de oír música a hacer música?

– Yo siempre he hecho música. Cuando era un crío ya marcaba el ritmo con la guitarra. Y llegó un momento en que me di cuenta de que lo importante en mi vida no eran los estudios, sino el arte.

– ¿Qué sientes cuando subes a un escenario?

– Es como una pelea, una subida de adrenalina muy fuerte. Te entra el gusanillo y te pones las pilas.

– Una receta para curar el mundo.

– Amor. Con letras mayúsculas y subrayado. Amor a todo. A las plantas. A los animales. A la familia. A la pareja. Al enemigo. ¡Amor, joder, que aquí hay sitio para todos! Amarse y comprenderse. Ser conscientes de que somos animales. Que hay que vivir hasta que llegue la muerte y te corte por la mitad.

– ¿En qué lado del negocio musical se vive mejor?

– Yo establezco una gran diferencia entre el negocio y el artista. Personalmente, me dedico a hacer canciones y a subir a los escenarios. El negocio lo dejo en manos de una gente que en vez de hablar de lo bonita que es una canción se fija en lo que puede dar comercialmente. Ellos viven con más. Nosotros, los artistas, mejor y más felices.

– ¿Lo mejor y lo peor que te han dicho?

– Lo que más me molesta es que me critiquen sin conocerme. Yo acepto las críticas, pero cuando vienen de gente que conoce mi carrera. En cuanto a los piropos, me gusta que la gente se dé cuenta de que mi trabajo está hecho con el corazón.

– ¿Qué te tendría que ocurrir mañana para que fueras el tipo más feliz del mundo?

– Ya soy el tipo más feliz del mundo. Yo creo que la felicidad no es una meta. Es algo que se busca con lo que el mundo te acarrea y con lo que te trae. No me planteo mi felicidad como el deseo de tener un porsche, dos gallinas, tres vacas y tres tías. Mi felicidad es ahora, estar aquí charlando contigo y con un whisky en la mano. Intento ser feliz en cada momento y no tengo meta en la vida. Ni para la felicidad ni para nada.

– ¿Qué dejarás en herencia?

– La que queráis buscar. Yo hago lo que creo que sé hacer sin pensar que soy el mejor. La herencia que podré dejar cuando me muera… eso lo tendréis que ver los vivos.

– Hazte publicidad.

– Aquí Antoñito Flores. Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo.

– ¿A qué público te gustaría seducir?

– A todo el que se deje seducir por mi música. Yo toco la guitarra. Al que le guste ese acorde y esa melodía, que se venga conmigo a escucharla. Pero no agarro a nadie de las orejas para que lo haga.

– ¿Qué disco gasta la aguja de tu tocata?

What a wonderful world de Louis Armstrong.

– ¿Cuál es tu verdad oculta?

– Soy más vulnerable de lo que la gente que hay a mi alrededor se cree.

– ¿Quién te da de comer?

– Cuando tengo dinero, yo. Y cuando no lo tengo, mis amigos y mi familia.

– ¿Qué es una canción de Antonio Flores?

– Algo que sale de los poros de la piel y que dicta la tinta del corazón.

– ¿Qué falta por descubrir en el rock?

– Por descubrir, nada. Todo está hecho ya. Pero se puede seguir pariendo. La buena música siempre va a ser buena música. En el rock solo se pueden hacer cosas de la manera que uno cree. Mira, ¿los colores están inventados? Sí, ¿verdad? Pero lo cierto es que se pinta un cuadro y es diferente a otro, ¿no? Pues lo mismo pasa con la música. Está toda hecha. Ahora bien, según los colores que elijas en la mezcla saldrá algo más o menos innovador.

– ¿Se pueden vender discos y tener la conciencia tranquila?

– Por supuesto que sí. Si tú quieres vender un disco vendiendo al mismo tiempo tu imagen y un rollo que no sientes, seguro que no tendrás la conciencia tranquila. Pero si realmente llevas mucho tiempo haciendo algo y comiendo a base de bocadillos, y de repente te llega la fortuna, tú no te has vendido a nadie. Al contrario, el sistema se ha vendido a ti.

– Cuando compusiste las canciones del álbum De ley para tu hermana Rosario, ¿imaginabas que podía alcanzar ese éxito?

– No, nunca. Ni ella misma. Ni ninguna de las personas que nos rodean. Hicimos un trabajo diciendo: ¡esto nos gusta y esto se lanza! Al principio nadie creía en ello. Ni la Ser ni la discográfica. Y el público, la masa de gente a la que nos debemos todos los artistas, se lo fue pasando de boca en boca. ¡Cómprate este disco, que es cojonudo! Y al final se ha convertido en doble platino. Ahora, claro, ha tragado la Ser y ha tragado la casa de discos.

– ¿Qué te gusta más de ella?

– Ella. Lo que canta. Lo que baila. Lleva un año saliendo a los escenarios y parece que lleva treinta.

 

Texto: Quico Pérez-Ventana. Sevilla

Entrevista publicada en El Correo de Andalucía el 2 de junio de 1995.

 

…Y su música

No dudaría

Cuerpo de mujer

Siete vidas  (con su hermana Lolita)

Una espina

Alba

Arriba los corazones

Pongamos que hablo de Madrid

Solo le pido a Dios  (con Ana Belén)

Gran Vía

Morir de soledad  (documental de Informe Semanal)

 

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