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Censurando Twitter: 18 cosas que no me gustan de esta red social

Escrito por . Publicado en Letras, Redes hace 5 años.
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Me encanta Twitter. Pero sabed, amigos, que hay cosas que no me gustan de Twitter. O de los usuarios de Twitter. Para empezar, cuento hasta dieciocho.

Va a hacer dos años que caí prendido en las redes de Twitter. Y hoy estoy en condiciones de decirle al mundo hispanohablante –y de paso a los gurús del social media– lo que menos me gusta de este fantástico canal de comunicación. Si aún no os asomáis a él, mucho estáis tardando. Me voy a centrar en acciones que considero de mal gusto. Atentados contra el estilo, que está en todas partes, empezando por la buena redacción. Sirvan mis reflexiones para no bajar la guardia. Mejor entro en materia.

– Las faltas de ortografía, por supuesto. Para comunicar profesionalmente en blogs y RR. SS. es imprescindible escribir bien. Y en Twitter aún más, pues su español es más culto que, por ejemplo, el de Facebook. En los perfiles personales sí podemos ser más tolerantes con los errores ajenos, pero en el ámbito de la comunicación corporativa un tuit con una incorreccion lingüística pierde cualquier atisbo de credibilidad e interés. Trate el tema que trate. Lo diga como lo diga. La madre que parió a la manga ancha digital. La red social nos ha descubierto el nivel de desidia y zafiedad no solo de grandes estrellas del deporte, sino de reputados comunicadores de la radio y la televisión que por escrito quedan retratados. Qué tremendo placer rascar con la uña y descubrir a un joven estudiante o a una inquieta madre de familia que expresan libremente sus pensamientos con un exquisito trato a las palabras y sus correspondientes signos. O, al menos, que revisan el mensaje antes de hacer clic en «enviar». Recuerdo aquella escena de la película Solas: con el mismo esfuerzo, mejor reír que llorar.

– Los bulos. Algún internauta graciosillo se inventa una noticia y los retuiteos se encargan de propagarla. Una guerra civil en Portugal, un desastre nuclear en Valencia, la muerte del rey –o aún peor, de Chiquito de la Calzada–, el derretimiento del hielo de Groenlandia, la generosidad de Iniesta con los damnificados de los incendios… Hay bulos que llegan a ser trending topic. Eso me produce una cierta desconfianza hacia el periodismo ciudadano que se ejerce en Twitter. Una de sus virtudes, por otra parte. Pero Twitter no es prensa.

– Los insultos. Ser un personaje público y tener una cuenta en Twitter significa abrir la puerta al insulto gratuito. Así es. Pero no debería ser así. En ocasiones, a mí también me entran ganas de buscar el Twitter de alguien e insultarle a viva voz. Se me ocurren unos cuantos personajillos que harían los honores. Pero en el colegio nos enseñaron que insultar está feo. Mejor usar Twitter para piropear a quien va por derecho, ¿no? Y no tengo nada más que decir sobre esto. Bueno, sí. Tomad buena nota. Cuando nos asomamos a las redes sociales debemos respetar el derecho al honor, la intimidad, la imagen y la privacidad de los demás usuarios. Internet no es la ley de la selva. ¿Se lo diríais a la cara?

– Solo dialogar. Acción y efecto de no mojarse. Se aprecia al ver los últimos tuits emitidos por nuestro interlocutor. Si todos comienzan por una arroba, malo. Dinos a todos qué está pasando o qué estás pensando, amigo. Para eso se inventó esta autopista de comunicación. Al menos su carril más ancho.

– Escribir mucho. Hay tuiteros que escriben demasiado. Y sin interés, mayormente. Nos cuentan hasta lo que hacen en cada momento, lo que han desayunado y si se les ha repetido el gazpacho. ¿Se pueden escribir cincuenta o cien tuits al día? Supongo que sí. Pero corres dos riesgos. Primero, que trabajes poco. Y segundo, que yo no te siga, no vaya a ser que inundes mi muro. O mi cronología. O mi timeline. O como lo llamemos.

– No contestar. Sobre todo si es una marca, que debe responder en el plazo de un día laborable, según las normas de netiqueta. Es un hecho cierto que un Twitter corporativo posee un componente de atención al cliente. Así lo asumen unas marcas. Pero otras no. Manifiestas una crítica, enlazas con el Twitter oficial de la corporación y puedes encontrarte con dos situaciones. Una, que el gestor de turno te conteste con amabilidad y se ofrezca a aconsejarte o solucionar tu problema. Felizmente, podría citar muchos ejemplos. La empresa cuida la imagen que proyecta. Sus profesionales están cualificados y bien aleccionados. Y dos, que den la callada por respuesta, no vaya a ser que se enteren todos del mal servicio que prestan. No sé vosotros, pero yo todavía no he conseguido que @rtve me responda.

– La operatividad. Un paréntesis en lo del estilo. Todos los que manejamos varias cuentas en Twitter –en mi caso, una treintena de ellas– usamos herramientas como TweetDeck o HootSuite. Son instrumentos de gestión con más propiedades que la misma red social: tuitear desde dos o más perfiles, dividir la interfaz en columnas, modificar los retuits, programar los tuits… Facilitan su manejo y ayudan al usuario. Entonces no sé por qué Twitter no las incluye directamente, en mayor grado cuando TweetDeck pertenece a Twitter desde hace unas fechas. Me lo expliquen.

– Los anglicismos. La grafía anglosajona le es extraña al español, que solo toma préstamos de ella desde hace medio siglo. Las lenguas árabe, francesa, portuguesa e italiana sí llevan más tiempo coqueteando con nuestro idioma y nos suenan más cercanas. Son matrimonios mejor avenidos. Cierto es que la lengua de Internet anexiona los anglicismos con absoluta naturalidad. Que el inglés es la lengua universal de la gran Red. El problema es abusar de aquellas expresiones que tienen equivalentes en español: blogger, tweet, hashtag, click, spam, e-book, email, post, feed, follower, home, lead, login, mass media… Y esto no lo digo yo. Así lo recomiendan la RAE y la Fundéu, Dios les guarde. Felizmente, las RR. SS. no incorporan su pronunciación nativa. Eso inundaría Twitter de locutores de radiofórmula.

– Las abreviaturas. No me gustan. Ensucian el lenguaje. Dificultan la lectura, igual que las mayúsculas. De acuerdo, todos los manuales de español correcto aceptan su uso en Internet. Alegan que la rapidez prima sobre la pulcritud. Solo eximen de semejante normativa a los correos electrónicos. Pero a mí no me gustan las abreviaturas, insisto. Y, por supuesto, no he utilizado ninguna en los muchos cientos de tuits que llevo escritos. ¿Qué pasa? ¿No sabéis resumir? ¿Tenéis prisa cuando os dirigís a mí? Pues yo me tomo mi tiempo cuando me dirijo a vosotros. Me gusta cuidar el lenguaje escrito. También en Twitter, cómo no. Y estar todo el día con las abreviaturas es lo contrario de ello.

– La ostentación. Al hilo de los barbarismos citados anteriormente, la máxima de la escritura digital es hablar para que te entiendan. Así lo defiende el maestro Alex Grijelmo. El uso y abuso de palabros o expresiones incomprensibles sitúa al emisor en un plano de amaneramiento forzado que no hace sino airear sus complejos. Sencillez: ese es el camino.

– Seguir a poca gente. Es como escuchar la radio con tapones en los oídos. O con el dial estropeado. Te pierdes el sagrado deleite de descubrir cavilaciones hermosas e independientes en la red. De estrechar esa mano que te tienden. De darle al pensamiento de tu interlocutor el mismo valor que otorgas al tuyo. Vale, ya sé que podemos leer tuits a través de listas y que no hay que devolverle el detalle a todo el que te sigue, especialmente si son marcas que ni te van ni te vienen o servicios de multinivel y derivados. Pero tampoco presumir de seguir solo a cincuenta. Un acto de egocentrismo y descortesía en la Red que retrata fielmente a quien así se comporta.

– Tutear. Me parece bien que me tutee todo el que me conozca, como es obvio. O un compañero de profesión. O cualquier ser humano de buena fe. Pero que me tutee el Twitter corporativo de una marca, con ese odioso exceso de confianza y familiaridad, es sencillamente inadmisible. A no ser que dirija sus servicios y productos a la audiencia juvenil, claro. Un ejemplo: leed el perfil de Endesa (@EndesaClientes). ¿Nos conocemos? ¿Sabéis los años que tengo? ¿Es que en Twitter solo hay adolescentes? Que yo sepa, los chavales suelen vivir con sus padres, que son los que pagan las facturas de la luz. ¿Me tutearíais si llamo al teléfono de atención al cliente de vuestra compañía? ¿Estáis seguros de que las redes sociales son diferentes a cualquier otra comunicación escrita? Supongo que el gestor de turno recibe instrucciones de su director de marketing. Quizá obedezca al manual de estilo de su gran empresa. Si este dice que se debe tutear a sus clientes, pues yo digo tajantemente que está en un error. Todo manual de estilo –yo he redactado varios de ellos, incluyendo el de un gran banco– debe velar por el respeto y el trato exquisito al interlocutor. El community manager ha de ser escrupuloso en las formas al dirigirse a destinatarios abiertos. No hay otra. Qué trabajito parece costarle a la nueva generación emplear las palabras «señor» y «señora». Tampoco me gusta el tuteo en las creatividades publicitarias, ese tono directo y comercial que cae en lo grotesco y chabacano. Y mucho menos en el telefonista de Jazztel que llama a casa a las tres de la tarde.

– El anonimato. En el periódico me gusta el seudónimo. Se escribe con respeto. Aporta un osado contrapunto. Pero en Twitter quiero verle la cara a quien expresa tal o cual barbaridad. Saber su nombre real. Ahí está la linda calvita de mi avatar para acreditar las mías. Mis elucubraciones, digo. Las parodias quizá tengan su punto, pero más pronto que tarde alguien cerrará el grifo de aquí-vale-todo.

– La descortesía. No conozco otra red social con tantas posibilidades de ser educado. El listado de buenas prácticas en Twitter incluye giros protocolarios como el carbon copy (CC, copiar a un tercero), enlace no visible en el trabajo (NSFW), enlace en inglés [EN], recomendación de seguimiento (FF), recomendación apasionada (FA), conversación en la vida real (RTRL), cita al autor del texto (vía @) o la máxima expresión de cortesía, esto es, compartir el pensamiento de alguien a través de un retuiteo (RT). Hay mil y una formas de mostrar lo mejor de nosotros mismos. De actuar como lo haríamos en cualquier otro contexto. Con respeto. Con estilo. Pues bien, aún hay quien es descortés en la red del pajarito. Así de gente. De eso trata esta entrada de mi blog, por si no os habíais dado cuenta.

– Retuitear un mensaje con faltas de ortografía. El autor expone públicamente sus vergüenzas y vosotros tenéis a bien conectarlas a un amplificador, ¿no? Es tan fácil como sustituir el «RT» por un «MT» (modified tweet, tuit modificado). Y corregir el patinazo, claro.

– El depósito de enlaces. Twitter servirá para algo más que para compartir contenidos, ¿no? Algunos perfiles profesionales parece que solo saben copiar el titular de la entrada en cuestión y añadir el enlace. Esa es solo una de las funciones de esta red social. Pero hay más, amigos. Por ejemplo, pensar en voz alta. Escribirlo bonito. Y escribir bien. Por si no lo había dicho antes, no hay excusa para destruir el lenguaje con el pretexto del espacio.

– El contenido publicitario. Qué decir sobre esto. El bombardeo de algunas cuentas es ensordecedor. Resulta tan molesto como el pop-up de alguna que otra web. Ya sabéis, hacéis clic en una noticia interesante y os pegan la guantá con la mano abierta.

– Periodismo condicionado. El periodista contratado por un partido político –puestos de confianza, vaya– que se atreve a emitir opiniones políticas desde su cuenta personal de Twitter. Por supuesto, a mayor gloria de la mano que le da de comer. ¿Es emocionante un discurso leído? No, ¿verdad? Pues tampoco el pensamiento de un vocero de un partido. Traiciona en sí mismo la esencia del periodismo. Si estás a sueldo de una formación política no me interesa conocer tu opinión sobre nuestros gobernantes y opositores. Ni a mí ni a nadie. Más que nada porque no me inspira mucha credibilidad. El sustento de tu familia entra por la puerta, la independencia y neutralidad saltan por la ventana.

Por cierto, ¿me lo parece a mí o en la cabecera de Twitter hay una manifiesta discordancia? Conecta tú, descubra usted. ¿En qué quedamos, maestros?

Pues menos mal que le gustaba a usted Twitter, Pérez Ventana. ¿Alguna virtud? Sí, los 140 caracteres. Bendita forma de invitarnos a ser claros y concisos.

PD: La frase que he insertado en la imagen que encabeza estas líneas pertenece al estribillo de la canción Andrés Alcázar, incluida en el primer álbum del grupo mallorquín La Granja (1987). No habrá paz para los malvados. El Gran Hermano todo lo observa. También a los tuiteros.

© Quico Pérez-Ventana
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24 Comments

  1. Ana García benítez

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