Cabalmente

Diario de un presidente de mesa electoral (2)

Escrito por . Publicado en Divagando hace 6 años.
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No digo quién introdujo semejante papeleta en la urna –tampoco lo sé, obviamente–, así que espero no estar cometiendo ningún delito por mostrarla en este blog. Nos ha jodío, para delincuentes los que no se presentaron y me dejaron a mí –que era el vocal 2º– el marrón, que todavía estoy esperando a ver en algún noticiero la lista de los sevillanos que van a ir al trullo por pasarse por el forro la carta certificada. Lo cierto es que a la media hora de sentarme en una de las mesas del colegio electoral IES Ramón Carande para ejercer de presidente en las Elecciones Municipales 2011, agárrate los machos, supe que tenía materia para darle vidilla a esta bitácora. Qué bueno que siempre voy con mi libretita a todas partes. Parezco un periodista de verdad. Y como las reflexiones hay que ilustrarlas, pues ahí estaba yo con la camarita de mi hijo inmortalizando el entretenido escrutinio, del que hablaré más tarde. Así que mira la imagen, piensa en su significado y sigue leyendo. Bonita caligrafía, por cierto. Se conoce que era un tipo leído. Por otra parte, si no le hago la foto a su papeleta no habría tenido sentido su esfuerzo. ¿O es que el elector se toma la molestia de escribir esa sublime prosa poética solo para que lo lean los integrantes de la mesa electoral, humildes ciudadanos como él?

Sigue el personal votando y yo dándole palique a todo el que se presta a ello. Pasadas las 12 h –vaya, solo han pasado tres horas de votaciones, tendré que ir más al grano para que esta sea una trilogía– llega un señor con cara de buena gente y le entrega a mi compañera Pilar una bolsita de cerezas y cincuenta eurazos. Os presento a mi marido. Le dije que al final tendría que quedarme aquí todo el día y ha venido a cuidarme. ‘Me gustan las cerezas, me gustas tú’, decía la coplilla de Los Ronaldos. Definitivamente, lo que necesitamos es menos política y más amor. Luego me enteré de que el buen hombre es médico dentista. ¿Recordáis aquello que cantaban Lichis y María Jiménez? No sé cómo se las ingenia, pero la Delegación de Gobierno, además de que sepan hacer la o con un canuto, parece seleccionar para las mesas electorales a personas emocionalmente estables. Lo digo por el beso en los labios que le soltó mi compañero Eduardo Mellado a su esposa cuando vino a votar y el abrazo que le encajé yo a la mía. Debe ser que el Gobierno de nuestra nación se fía más de gente así. Un rato después regresó el marido de Pilar –no yo, el otro– y le dio una botellita de agua a cada integrante de la mesa. Qué buenos vecinos tengo en el Tiro de Línea, cagonlamá. Creo que he tardado demasiado en bajar del Aljarafe.

Mis vecinos del Tiro de Línea

El siguiente DNI lleva inscrito ‘Antonia Puerta’. Qué nombre más bonito, señora. Qué alegría llamarse así. Hijo, yo no soy familiar del futbolista pero lo llevo en el corazón. Qué buen chico y qué guapo. ¡Y además soy muy sevillista! Vote usted, señora, y viva el Sevilla FC, que es lo más grande del mundo. Después de eso, tiempos muertos. Me interrogan mis compañeros. ¿Tú vives en Serrano y Ortega? Ahí está el Bar Benito, ¿no? Sí, me encanta, contesto. Es como Aída: jefe con bigote y camarero machupichu. No te puedes imaginar cómo era antes. Benito tenía una tasca de mala muerte, pero poco a poco fue conociendo lo que le gustaba a los vecinos y hoy tiene las mejores tapas de Sevilla. ¿Entonces tú has comprado una de las casas de los escritorios? Sí, es como una casa de pueblo, con su zaguán abierto a la calle, sus ventanas enrejadas y sus azulejitos bajo el balcón. Todos coincidimos en que esas fachadas de vanguardia que proliferan por el Tiro deberían tener penas de cárcel. Eso me dicen: las casas de los escritorios que respetan su fachada original son las más bonitas del Tiro de Línea. En los años 90 estuve viendo una que me vendían en 12 millones. Cagondié, ¿quién me hablaría a mí cuando fui a casarme de las paradisiacas casitas con jardín del Aljarafe? Mal viento le lleve.

Eva, que controla el funcionamiento de dos mesas, viene contándonos la anécdota de nuestros vecinos. Ha llegado una señora y ha dado los buenos días. Quería saber si debía votar en esa mesa. La presidenta le ha devuelto el saludo y le ha preguntado su apellido. Pero la señora insistía en dar los buenos días. Que no, señora, que me diga sus apellidos. ¡¡¡Bueno Díaz, joder!!! ¿Voto aquí o no? Parece un chiste. Real como la vida misma. Eva dice que en otras votaciones le tocó una electora llamada Cortada del Rosal. Y encima se llamaba Rosa. En esto se vuelve a animar la votación. Se va formando cola. Vaya, así no habrá palique. A mí me gusta tanto la gente que con cada uno que venga a votar me iría de cañas. Pero así no hay manera. Un señor llega en silla de ruedas. Parece que tiene la cabeza perdida. Alzheimer, creo. Su mujer vota por él. Hay mucho en juego y no vamos a detenernos en asuntos neuronales. ¿Cuál será su ideología? La de antes, supongo.

La obligatoriedad de tocar los sobres antes de que los electores los introduzcan en la urna me crea una sensación extraña. Algunos están vacíos, lo percibo claramente. Otros vienen bien rellenitos. Sus dueños me hacen un guiño de complicidad, como rogándome que no les delate. Faltaría más. El voto en blanco no es lo mismo que quedarse en la mesa camilla. Algo te importan estos menesteres. Lo mismo que el voto nulo. O más, porque esos están currados. Regresa Eva y nos endiña sesenta y dos euracos a cada uno. Pues no te voy a hacer el feo, chiquilla. Qué caras salen las elecciones. Y todavía hay quien quiere esperar menos de cuatro años. ¡Que las pagamos todos, coño! Capítulo aparte merecen los comentarios del personal tras ejercer su derecho al voto. Venga, a ver si hay suerte. Y yo les contesto: venga, a ver si le toca. Es que es verdad. Esto es como la primitiva. Tú quieres que salgan tus números pero no conoces las circunstancias personales de los demás que rellenan su boleto. Otro señor mete el sobre y dice: ¡que gane el mejor! ¿Según qué criterio?, pienso yo.

Quien hace la ley…

A las 14,30 h llega un representante del PP y reparte un catering entre sus interventores y apoderados. Léase solo el PP. Y solo entre su gente. Dos sándwiches, una bolsita de patatas, frutos secos y un yogur. De lujo. Como la cosa está tranquila, y ya algún compañero se ha ido a comer –yo me ofrezco para irme el último–, saco un tema de debate. Siempre se me ha dado bien tocar las narices. Vaya, que lo suelto. De perdidos al río. Pues a mí me parece que aquí se puede votar dos veces. ¿Cómo va a ser eso, hombre? Vamos a ver. Vosotros sois interventores y no estáis censados en este colegio, ¿verdad? Así es. Sin embargo, al cierre de la jornada electoral votaréis aquí junto a los miembros de la mesa. Y tenéis una hora para ir a comer. ¿Quién vigila que no votéis dos veces? Bueno, bueno, es una cuestión de honestidad, de sentido común, de valores democráticos… A uno le veo comer sus sándwiches y su yogur. Al otro le pierdo la pista.

Al mediodía el colegio electoral está un poquito mejor que muerto. Ahí fuera hace una solana de tres pares. Un vecino me cuenta lo que pasó aquí en las últimas elecciones. En una de las mesas hicimos el recuento y sobraban doce papeletas. Alguien nos las coló. Son muchas horas, te distraes y… Total, en la lista había no sé cuántos nombres coloreados con rotulador amarillo, y en la urna una docena más. Hicimos mil llamadas, no sabíamos cómo resolverlo. Al final le quitamos dos votos a cada una de las seis listas más votadas. Me vuelvo a mi silla. Creo que me está entrando el bajón. No solo es el cansancio. Recuerdo aquella escena de Solas, la peli de Benito Zambrano. Va en nuestra condición humana. En fin, así se cuadran las cuentas. Cosas de la democracia.

(continuará…)

quico@perezventana.es
twitter: @perezventana

Ver aquí la continuación.

8 Comments

  1. Amparo b. cid
  2. Guillermo Álvarez de Toledo
  3. Manuel G. Arana

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