Cabalmente

Doñana: a doce pesetas el lince muerto

Escrito por . Publicado en Personas hace 6 años.
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Recuerdo que cuando vino a verme a mi antigua oficinita de la Plaza Nueva y me contó su próximo proyecto literario, una novela-reportaje sobre el Parque Nacional de Doñana, me quedé con aquella anécdota. Esa noche incluso soñé con ello. A mediados de siglo, los aristócratas que regentaban aquel inmenso coto de caza le pagaban a los guardas doce pesetas por cada lince y diez por cada águila. Lince muerto, se entiende. Tieso. Acribillado a perdigonazos. Con lo que es el lince ahora. Que se lo pregunten a la Conferencia Episcopal. Si el guarda, un poné, necesitaba llevar a su hijo al médico, pues a tiro limpio con los pobres linces, que son preciosos y pocos pero más inocentes que un nene de teta.

Hoy narraba aquello –y otras muchas cosas, con su piquito de oro– mi compañero y amigo Jorge Molina en la Casa de la Ciencia (Pabellón de Perú) con motivo de la presentación del libro Doñana. Todo era nuevo y salvaje (Colección Ciudades Andaluzas en la Historia, Fundación Lara). Aún no lo he leído, lo haré en cuanto me haga con un ejemplar. Será como leer el National Geographic: la historia de una civilización y, a diferencia de mi revista de cabecera, con una mijita de emoción. El caso es que para lo que quiero contar en estas líneas me adelanto a la lectura. Pues vaya una birria de crítica literaria, pensará el lector. Destacaba Molina en su interesante alocución los nombres de las dos personas más influyentes en la historia del parque: Rafael Beca y José Antonio Valverde. De los dos tengo referencias, sobre todo del segundo. Beca era un personaje muy popular en Alcalá de Guadaíra –donde he pasado media vida y donde viven mis padres y hermano–, con calle y todo, como Silvio en Los Remedios. El general Queipo de Llano le mandó llamar. Oiga usted, me va acondicionando el coto para cultivar el arroz. Y el buen hombre, como se encargó de recordar nuestro escritor, tuvo a bien llamar a campesinos valencianos porque, digamos, ponía en tela de juicio la profesionalidad de los de aquí. Una decisión, probablemente madurada en el conocimiento de la tierra y sus olivareros, que trajo dos consecuencias. La primera, directa: que la convivencia de levantinos y andaluces en Villafranco del Guadalquivir fuera ciertamente tortuosa. La segunda, indirecta: que en 2011 tengamos un millón de parados en esta bendita comunidad. No, Beca no tuvo la culpa, pero señaló con el dedo a nuestra profesionalidad. A nuestra condición humana.

De José Antonio Valverde tengo una referencia más hermosa. A ver cómo lo cuento. En los primeros 90 yo hacía una sección de pesca deportiva en El Correo de Andalucía y colaboraba asiduamente en la revista Trofeo Pesca, que dirigía el amigo Juan Delibes. Un día me llamó y me invitó a la presentación en Sevilla de Seasons, el canal temático de caza y pesca que comenzaba a emitirse en Digital Plus, y que gestionaba el propio Delibes. Fue un almuerzo con medios en el Hotel Meliá Sevilla. Pero he aquí que yo tenía trato de favor. Quico, nos vamos a sentar tú y yo con José Antonio Valverde, el creador de Doñana. Te va a fascinar. Ponte a su lado. Buena cosa me dijo, con lo que me gusta escuchar a mis mayores, especialmente a los inconformistas. Yo tenía referencias de él, claro que sí, pero lo que me contó durante las dos horas siguientes para mí queda. Aquel día tomé conciencia de lo que era Doñana. Del trabajo que había costado que Doñana fuera Doñana. Me habló con absoluta franqueza del cáncer que padecía, el suyo, no el de Doñana, el mismo que se lo llevó por delante años después –Molina recordaba que cuando llegó a Sevilla en 1952 era un tuberculoso desahuciado–, me riñó por llamar coto al parque, error que no he vuelto a cometer desde entonces, y, lo más sorprendente, me pidió que le ayudara a corregir unos textos que estaba escribiendo en casa. Obviamente, Valverde no conocía mi habilidad con los signos de puntuación. Me requería para revisar las referencias piscícolas de sus memorias. Lo hice con sumo gusto a los pocos días, aunque, la verdad, no sé yo si mis humildes conocimientos sobre los peces andaluces le sirvieron de algo para aquellos volúmenes que se publicaron en 2003. En fin, yo conocí al gran zoólogo José Antonio Valverde, el fundador de Doñana. Y conmigo fue encantador, entre otras cosas porque no volví a pronunciar la palabra ‘coto’. Lo dicho, para mí queda.

Por lo demás, Jorge Molina, flanqueado por tres primeros espadas, Díaz Trillo, Fernando Hiraldo y Ana Gavín, nos cautivó con sus recuerdos de sus meriendas campestres en el reino de La Puebla. “Me hubiera gustado escribirlo yo”, comentó el director de la Estación Biológica de Doñana. Lo mismito que oí decir al periodista Antonio Avendaño en la puesta de largo del libro anterior de Molina. Por cierto, fue una presentación –que no rueda de prensa– sin preguntas, así que no pude interrogar al autor sobre la influencia de aquella ópera prima, 123 motivos para no viajar a Sevilla. En sus páginas, de las que hablo en esta misma bitácora, se hablaba de la tribu urbana más odiosa de la capital hispalense, los canis. Sí, los que se esshan la camiseta abajo en cuanto llega el calor. Llegados a este punto, vea el lector de nuevo la portada de Doñana. Todo era nuevo y salvaje. Confío en que al menos el amigo Nacho Garmendia, que también supervisó mis crónicas pesqueras en la Fundación Lara, haya tenido dudas con la imagen de cubierta.

Mientras, un servidor, como en aquella escena de Torrente y Javier Cámara en el urinario, marcando con el rabillo del ojo al periodista sentado a mi verita. Y es que estuve muy bien acompañado: el gran Paco Correal. ¿Vas a escribir la crónica para el Diario de Sevilla? Claro, me voy a toda leche. A ver si no se enrollan mucho. Bien, pues voy a ver en faena al gran cronista municipal de la Sevilla contemporánea. Correal escribe rápido. Talmente profesional, no como un servidor, que lleva a todas partes su grabadora mp3. El tipo saca su cuaderno tamaño cuartilla y escribe ¡¡¡ocho palabras!!! por página. Diez, a lo sumo. Ilegibles, por supuesto. Menudo gasto en copistería. Tomo nota, maestro. Además de la del propio Correal, pude estrechar la mano de otros periodistas que andaban por allí –Santi Fernández Reviejo, Ginés Cabanes, Rafael Guerrero, el dibujante Carlos Méndez, el fotógrafo Luis Serrano, Carmen Carballo, Ángela Cañal, el nuevo presidente de la APS, Rafa Rodríguez– y de Carlos Molina Lamothe, director de Savitel, con el que hice aquel programa de caza y pesca en la tele. Y mis felicitaciones a Jorge Molina, que añade ambición a su talento.

quico@perezventana.es
Twitter: @perezventana

Jorge Molina fotografiado por Paco Alorda para nuestra revista Suite Sevilla

 

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