Cabalmente

El Quijote, Jorge Javier y la mala baba de don Miguel

Escrito por . Publicado en Letras, Personas hace 1 año.
Miguel De Cervantes

‘Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía. Y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso de tonto y mentecato?’ (Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, 1605).

El profesor Luis Gómez Canseco, catedrático de la Universidad de Huelva, pasa por ser uno de los mayores conocedores de la vida y obra de Miguel de Cervantes. Su conocimiento sobre nuestro escritor más universal, sus puntos de vista, no exentos de retranca –como los textos de aquel–, son reclamados en multitud de foros cervantinos del mundo hispanohablante. Porque don Miguel tenía su aquel, sépanlo ustedes. Y él, nuestro arrojado profesor extremeño, que hace honor al punto revoltoso del presente portal, bienvenido sea, se deja de remilgos intelectuales y, en un contexto literario, cita al erudito Jorge Javier Vázquez, se refiere al susodicho como el fulano y conjuga el verbo fornicar. Como habría hecho aquel, sí. Y ya está bien de tantos aqueles, que estamos hablando del dios del español y nos acusarán de redundantes.

–En pocas palabras, ¿qué representa Cervantes en la literatura hispana?
–Para la literatura en lengua española y para toda la literatura universal, Cervantes marca un antes y un después. Más allá de gustos particulares, la segunda parte de El Quijote libera a la escritura de todo tipo de lazos, géneros y preceptos, otorgando al autor una libertad hasta entonces insospechada. Por eso la literatura moderna comienza con Cervantes. Y no con un Cervantes cualquiera, sino con ese último que había encontrado definitivamente su escritura y se había dotado a sí mismo la libertad para escribir que nadie había tenido hasta entonces.

–¿Y en la vida del profesor Gómez Canseco? 
–Para empezar, el recuerdo de mi padre, que me abrió la puerta a Cervantes mucho antes de que yo lo leyera por primera vez. Luego, una lectura deslumbrante, divertida y abrumadora. Más allá, un modo estupendo de vivir, ya que me pagan por leer y explicar lo que leo. Y, por último, el privilegio diario de enseñar a Cervantes, ya sea en clase o en conferencias de aquí para allá. Un chollo, ¿para qué voy a mentir?

–El 22 de abril de 2016 se cumple el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes (1547-1616). Permítame una frivolidad. ¿Se celebra esta efemérides como Dios manda?
–La única celebración decente es coger entre las manos un libro de Cervantes y leerlo. Lo otro son mandangas, que están bien para los políticos, para los alardes culturetas y para repetir mantras educativos que no concluyen en nada útil. No está mal que nos acordemos de Cervantes, que celebremos su recuerdo con sahumerios y jolgorios variados, pero, hoy por hoy, no hay mejor memoria que la lectura. Aún así, tampoco hubiera estado mal un poco más de empeño (y de dinero).

–Ud. ha dicho en alguna ocasión que El Quijote fue en su época «como un programa de Jorge Javier Vázquez, un pelotazo». ¿Se refería a que ambos productos se dirigían a una audiencia, digamos, poco exigente?
–Cervantes –como otros muchos escritores de la época– afirmó que sus obras eran «libros de entretenimiento». Todos tenían claro que escribían para un público amplio y variopinto, que tenía en los libros su radio, su televisión y su Internet, y que buscaba poco más que echar el rato. Pretendían además –ellos y sus editores– vender tantos libros como fuera posible, pues, al fin y al cabo, se trataba de un negocio y la literatura había caído ya en manos del mercado, para bien o para mal. La diferencia es que Cervantes, además de entretener a sus lectores, lo hace con una escritura maravillosa y dejando al paso toda una visión del mundo y de la existencia humana.

«También es cierto que Cervantes tenía una altísima conciencia de sí mismo y su poca de mala baba»

–¿Es cierto que Cervantes tenía, en sus palabras, «mucha retranca como escritor»? El DRAE define retranca como «intención disimulada, oculta». A ver, aclare este entuerto.
–Nos han hecho creer que el manco era poco menos que un santo laico. Y es cierto que tuvo una vida heroica, que, al parecer, fue un hombre bueno y que nos ha trasladado una imagen generosa y afable de la humanidad. Pero también es cierto que, detrás de todo eso, tenía una altísima conciencia de sí mismo y su poco de mala baba. Basta leer los prólogos de los dos Quijotes, el de las Novelas ejemplareso el de las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos para ver cómo arrea, aunque fuera a la chita callando, contra Lope de Vega, que, todo sea dicho, tampoco era manco. Y ahí están el Viaje del Parnaso, un libro menos transitado, pero estupendo, o el soneto Voto a Dios que me espanta esta grandeza, donde bajo la apariencia de un elogio dejó caer, con esa retranca, todo lo que tuvo a bien.

–¿Qué habría ocurrido si se llega a publicar en nuestros días? El Quijote, quiero decir.
–No hay que descartar que Cervantes se hubiera inclinado por otro género más próximo a la realidad de los receptores que tenía en mente. Acaso el cine o una serie de televisión. Pero hay algo en él esencial que está íntimamente vinculado a la escritura y al modo de contar las cosas: su condición de narrador de historias. Y respecto al reconocimiento, entiendo que la gente verdaderamente buena termina siendo reconocida antes o después. Y Cervantes era un máquina.

Luis Gómez Canseco, catedrático de la Universidad de Huelva y uno de los mayores expertos en la obra de Cervantes.

Luis Gómez Canseco, catedrático de la Universidad de Huelva y uno de los mayores expertos en la obra de Cervantes.

–¿Existen en otros países contranovelas como el Quijote de Avellaneda para denostar obras emblemáticas de sus letras o estas cosas solo suceden en España?
–Hasta Shakespeare tuvo su porqué. Un medio amigo como Robert Greene, en su obra póstuma Groats-worth of Wit, se refería a él como «cuervo advenedizo” y “Sacudescenas” (Shakescene). También Mateo Alemán tuvo su apócrifo para el Guzmán de Alfarache. Y es que, además de la envidia, andaban por medio la fama, el prestigio y, lo que es peor, los dineros. En el caso de Avellaneda hubo alguna razón más de añadido, como defender a su adoradísimo Lope de Vega, competir literariamente con Cervantes y salir en defensa de una ideología a todas luces conservadora, que el fulano vio agredida en el primer Quijote.

«Esos ires y venires por los caminos de Andalucía, entre polvo, ventas, alguaciles, alcaldes y putas, laten en la trama del primer Quijote y de muchas de sus novelas ejemplares»

–En su condición de estudioso de la vida y obra de Cervantes, ¿cómo definiría la relación de Cervantes con Andalucía? ¿Cree que influyeron en la obra cervantina su condición de recaudador y los sucesos vividos en Sevilla o Córdoba?
–Andalucía fue esencial para que Cervantes se encontrara a sí mismo como narrador. Basta pensar en lo que había escrito hasta 1587, cuando se instala en Sevilla, y compararlo con las primeras obras que sabemos que escribió en Andalucía, como Rinconete y Cortadillo o El celoso extremeño, para saber que algo ha cambiado de manera decisiva. Cervantes vuelve los ojos a la realidad y le incorpora su escritura en forma de tramas, personajes o lenguajes. Esos ires y venires por los caminos de Andalucía, entre polvo, ventas, alguaciles, alcaldes y putas laten en la trama del primer Quijote y de muchas de sus novelas ejemplares.

–¿Conocen suficientemente los estudiantes españoles, sobre todo los de ESO y bachillerato, las obras de Cervantes, Lope de Vega, Fray Luis de León y Francisco de Quevedo? ¿Haría Ud. algo al respecto si tuviera mano en ello?
–Es fácil rasgarse las vestiduras con la educación, incluso resulta satisfactorio, pero lo cierto es que la lectura es y ha sido siempre una actividad reservada para pocos. Eso no quiere decir que no tengamos que animar a los más jóvenes a conocer la literatura en lengua española y a leer, sobre todo por lo que la lectura puede aportarles en su crecimiento como personas. Estoy convencido que leer no nos hace mejores, pero nos hace ser lo que somos con más conciencia. El santo será santo a sabiendas y el asesino en serie, también. Y luego está la dimensión política de la educación y la lectura, que nos ayuda a pasar de súbditos a ciudadanos. Respecto a un plan de mejora, creo que bastaría con volver a planes de estudio más sencillos, centrados al principio en instrumentos como el cálculo y la lectura, para avanzar desde ahí hacia otros conocimientos, sin prescindir de la realidad digital en la que vivimos. Y lo mismo pienso para la universidad y la alta educación.

–¿Ha conseguido que sus alumnos universitarios vuelvan a leer, si alguna vez lo hicieron, El Quijote de la Mancha desde la primera a la última página? Si la respuesta es afirmativa, confío en que se lo agradezcan. Ahora o en el futuro. Lo digo porque nadie vuelve a ser la misma persona después de leer algo así.
–No he ido con una pistola detrás de cada uno, pero como examino oralmente a cada uno de mis alumnos sobre cada una de las lecturas, no les queda otra que leerlo. Imagino que más de uno se habrá acordado de mis muertos, y no para bien, pero también puedo asegurar que para muchísimos ha sido una revelación, que desde luego ha influido en sus vidas y en su vocación. Y es que es verdad, hay algunos libros en la vida –no muchos– que se convierten en compañeros de viaje para siempre.

–¿Y usted cuántas veces ha leído al completo El Quijote? ¿Cuál es su capítulo favorito?
–Esto de los concursos para medir la longitud o los alardes de cazadores y pescadores resulta siempre divertido. Y, bueno, lo he leído por gusto muchas veces y lo he tenido que leer otras tantas porque forma parte de mi trabajo. Entre otras cosas, porque todos los años me releo los libros que tengo que explicar en clase para tenerlos frescos en la memoria. Entre ellos, claro está, El Quijote, cuando toca. En cuanto a lo del capítulo preferido, entiendo que es difícil elegir entre una bandeja de pasteles tan extraordinaria y extensa, pero, por si acaso, me quedo con el capítulo 59 de la segunda parte, cuando Don Quijote y Sancho llegan hasta una de esas ventas cervantinas donde todo es posible –porque corresponden a los castillos encantados de los libros de caballerías– y se encuentran que en la habitación de al lado están dos caballeros, don Jerónimo y don Juan, que comparecen únicamente como lectores de la primera parte y del Quijote apócrifo. El muro que separa los aposentos divide la realidad de la ficción, los lectores y los protagonistas de un libro, y Cervantes lo derrumba con esa imaginación desmesurada para que don Quijote, un ente de ficción, irrumpa de repente en la vida de dos lectores reales.

–¿Qué queda por descubrir en la vida y obra de Miguel de Cervantes?
–Seguro que seguirán apareciendo documentos legales que nos hablen de la vida cotidiana de Cervantes. Y acaso más, pues no hace tanto que se descubrió La conquista de Jerusalén, que, con certeza, podemos señalar como obra de Cervantes. Es difícil, en cualquier caso, que aparezca algo que cambie por completo la imagen que tenemos de él.

«No es de creer que Cervantes hiciera de su cuerpo un templo del Espíritu Santo. Vamos, que fornicar, para mí que fornicó lo que pudo. ¿Qué iba hacer el hombre?»

–¿Y qué se ha descubierto y aún no es de dominio público?
–Hace poco más de un año salió a la luz el nombre de Magdalena Enríquez, la bizcochera a la que Cervantes autorizó para cobrar su sueldo de comisario real de abastos. Se ha especulado mucho con ello, pero, por un lado, la condición de bizcochera nos habla de alguien que estaba en el mismo negocio que el escritor, el de recoger cereales para hacer bizcocho, el pan duro que se llevaba a los barcos. Por otro, si tenemos en cuenta que Cervantes pasó trece años en Andalucía, separado casi siempre de su mujer, no es es de creer que le guardara la ausencia e hiciera de su cuerpo un templo del Espíritu Santo. Vamos, que fornicar, para mí que fornicó lo que pudo. ¿Qué iba hacer el hombre?

–¿Cómo se explica que un hombre tan rebelde y singular ingresara en la recta final de su vida en la Orden Franciscana? Porque precisamente Avellaneda le atacaba desde una posición más afín a la Iglesia, ¿no es así?
–No todos los tiempos son uno. Cervantes no era el mismo cuando salió para Italia que cuando volvió de Argel o cuando se asentó en la corte en 1600. Para entonces los afanes religiosos se le multiplicaron. Él mismo lo dice en el prólogo a las Novelas ejemplares: «Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida». Y hay más. Muchas veces se ha pensado que Cervantes fue poco menos que miembro de la Komintern, ideólogo de la alianza de civilizaciones, o que fue a Argel no como cautivo, sino como activista de una ONG. Naranjas de la china. Fue un hombre creyente, aunque con reservas, y orgulloso de sus heridas en Lepanto, aunque discrepante con la política de Felipe II. Desde luego, en su literatura late una visión crítica de la contemporaneidad y que encontramos en chistes problemáticos en su obra, como el rosario que con Quijote hace con los bajos de su camisa –la ropa interior–, pero eso no quita que, al final de su vida, quisiera salvar su alma para la otra vida. Y de Avellaneda, ¿qué decir? Pues que era un tanto meapilas y capillita, que se identificó por completo con el orden oficial y que vivió en un mundo ideológico por completo opuesto al de Cervantes.

Una curiosidad. ¿Por qué Cervantes fue enterrado con media pierna derecha descubierta? 
–Era costumbre entre los hermanos de la orden tercera de San Francisco enterrarse con la cara descubierta y con la sotanilla que dejaba ver media pierna. De ser enterrado con el hábito y cumpliendo las formalidades de algunas órdenes –como la Venerable Orden Tercera– se seguían indulgencias, al tiempo que se convertiría en una declaración pública de fe. En cualquier caso, la pierna descubierta era un sino de pobreza y humildad franciscanas ante la muerte.

«Pocas cosas puede haber tan extraordinarias como escribir un libro que deje entre sus lectores una huella de alegría, humanidad e inteligencia»

–¿Por qué no hay más Cervantes en la literatura española?
–Tampoco hay más shakespeares en la literatura en lengua inglesa. Pero tenemos el Libro del Buen Amor, La Celestina, El Lazarillo, a Lope y a Góngora, a Calderón, a Bécquer, a Pérez Galdós, a Clarín, a Valle-Inclán, a Lorca o a Cernuda. No está mal.

–¿Es realmente El Quijote el mejor texto literario jamás escrito, como dice Wikipedia? Venga, mójese y dígame qué obra podría hacerle sombra.
–No creo que la lectura se reduzca a un concurso, un millón para el mejor, aun cuando ahora los millones parece que no se los llevan los mejores. El Quijote es decisivo por lo que aporta a la historia de la literatura, pero luego está la lectura de cada uno y el gusto. A mí El Quijote me ha dado muchas horas de felicidad, pero también lo han hecho otros muchos libros de ensayo, de poesía o de narrativa. Y no me parece bien elegir entre uno u otro. Es como preguntarle a un niño que a quién quiere más, a papá o a mamá.

–¿A quién admira Ud. más? ¿A Cervantes o a don Quijote?
–Sin la más mínima duda, a Cervantes, que ideó a don Quijote y escribió su historia. Pocas cosas puede haber tan extraordinarias como escribir un libro que ha pasado de generación en generación, entre gentes de toda lengua y pelaje, dejando entre sus lectores una huella de alegría, humanidad e inteligencia.

 

Texto: Quico Pérez-Ventana (@perezventana)

Publicado en Siete Revueltas Magazine el 29 de abril de 2016

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