Cabalmente

Expresiones odiosas: lenguaje zafio y cerril de nuevo cuño

Escrito por . Publicado en Letras hace 5 años.
Cicuta

Atención, amigos, interlocutores, oradores, ciudadanos hispanohablantes todos. Ahí va mi listado de expresiones odiosas. Cuidado, que viene Pérez-Ventana sentando cátedra. Agarraos los machos.

Por «expresiones odiosas» entiéndanse palabros –o grupos de ellos– antipáticos, repelentes, despreciables, abominables, detestables, horrorosos, etcétera, etcétera. Creo que con lo de «odioso» ya quedaba claro. Todas las locuciones que citaré a continuación son correctas, de ahí lo insólito de mi censura, pero –he aquí el dictamen dogmático y categórico de este osado bloguero– atentan contra el buen gusto, pese a que sus pronunciadores, ejem, crean que acceden a un estatus superior de prestigio social o intelectualidad al emplearlas. Y a lo que acceden –alguna excepción habrá por ahí, no estoy muy seguro de ello– es a descubrir sus posaderas de forma sonrojante. Esta es una entrada en constante actualización. Bienvenidas sean vuestras aportaciones. O vuestros vilipendios a mi persona.

 

# Poner en valor. La primera de la lista. Con honores. Imaginad por un momento a un orador dirigiéndose a una audiencia con sencillez y finura. Pues todo el que profiere «hay que poner en valor» esto o aquello hace justamente lo contrario. Un esnobismo, como muchos de los que cito más abajo. Y el esnobismo, recordemos, es una «exagerada admiración por todo lo que está de moda o se considera distinguido y elegante». Es decir, intentas ser eso mismo, cortés en las formas, y eliges las tres palabras más manoseadas de la lengua española. Vulgares y chabacanas, por tanto. Catetas, para entendernos. El sabio señala al cielo y los imitadores miran al dedo.

# Implementar. De acuerdo. Aunque yo no lo pronunciaría jamás, en ciertos contextos podría entenderse como un término apropiado. Pero de ahí a que todo lo que se haga, realice o efectúe se implemente… ¡Acaba ya! También está de moda. Puaj, pues. Perdón por la cacofonía.

# Hoja de ruta. Al orden del día o a los objetivos de una reunión se le llama ahora «hoja de ruta». Talmente un piloto de Iberia trazando el itinerario a La Coruña, en cuyo aeropuerto, por cierto, la azafata te da la bienvenida como si no hubiera viajado contigo. Hoja de ruta tú y toa tu casta. Hacedme caso: fijaos cómo hablan los políticos y los periodistas, sobre todo los de la televisión, para saber cómo no se debe hablar.

# Hacer los deberes. Eso es lo que hacen los niños. Los mayores no hacen los deberes, trabajan. Los gobernantes, en concreto, gestionan el dinero público (aunque lo hagan de puta pena, porque luego se va el 40 % del PIB a pagar la deuda). Así que eso es lo que espero que diga el ministro de turno cuando vienen los inspectores de la UE a vigilar nuestro déficit: «Hemos trabajado». No esto otro: «Hemos hecho los deberes». ¿Los deberes de qué? ¿De cono? Los de lengua sí los podrían hacer, que parece que ni uno solo superó esa asignatura en el colegio. En el fondo, cualquier rueda de prensa de un vividor de la política podría rellenar una docena de listados como el presente. Y lo peor es que el politiquillo rústico repite lo que dice aquel. Así que ya no se puede ver un telediario tranquilo. Siempre sale un iletrado con mando escupiéndole a un micrófono lo de «poner en valor» o «hacer los deberes».

# Caballero. Este no es un esnobismo. Es solo una muestra de incultura. Personas sin educación –seguro que también tocan el claxon al volante– se dirigen a mí con ese término. Omitiré las uniformadas profesiones que exhiben tal conducta. Acto seguido, observo el sable de mi cinto. Cuando llegue el momento lo esgrimiré con gallardía para batirme en noble duelo por el honor de una dama. Y confundiré los molinos con malvados gigantes que gritan una y otra vez «poner en valor». Señor, decidme señor. No es tan difícil. Intentadlo. Si nos conocemos ya me encargaré yo rápidamente de pediros que me tuteéis. A mi amigo Manuel Bustamante, a quien admiro por sus exquisitas formas, le gusta emplear de vez en cuando este término. Lo de «caballero», digo. Y hace bien, porque califica de tal guisa a personas de modales distinguidos. Y porque también utiliza constantemente la palabra «señor». Claro, aparcó la vergüenza en la adolescencia. Joder, hasta los alumnos canis de Rebelión en las aulas llamaban «señor» al profe Poitier. Y conste, de paso, que tampoco los seres humanos del género masculino se llaman «hombres», ni «mujeres» los del género femenino. Ya me entendéis.

# Como yo digo. O «como siempre digo». ¿Eso solo lo dices tú, pedazo de carajote? El orador parece haber acuñado semejante pensamiento, y así lo recalca. Es el creador de una corriente filosófica y goza de los correspondientes derechos de autor. Está bien citar a Antonio Gala, o a Vargas Llosa, pero citarse a uno mismo como que no. Sobre esta expresión hay una anécdota digna de mención. El director de cine José Luis Garci comentó una vez en una tertulia televisiva: «Como Alfred Hitchcock y yo siempre decimos…». Qué arte.

# Presea. Marina Alabau se ha colgado la presea de oro. Por no repetir «medalla». Para eso mejor la redundancia, cagonlamá. Y es que el diccionario de sinónimos también hay que manejarlo con criterio. Y buen gusto, insisto.

# Lenguaje no sexista. Tres palabras que significan mucho, sobre todo si hay una subvención de por medio. O un auditorio al que pedir el voto. Los discursos y tratados que apuntan en esta dirección para evitar la discriminación por razón de sexo evitan el elegante genérico y proponen, por ejemplo, que los afiliados de un partido sean los «compañeros y compañeras». Exaspera tanta teatralidad. Además, ¿si abogas por la igualdad por qué pones antes el «compañeros» que el «compañeras»? Aconsejan que a los parados se les llame «paradas y parados». O mejor, «personas sin trabajo». Porque, claro, «parados» termina en o, así que resulta ser una palabra machotorra, y «personas», en a. Y en los textos, menos artículos masculinos y más femeninos. La RAE se indigna, claro. Es lo que pasa cuando los políticos –y eso va también por las políticas– se meten a lingüistas.

# El que fuera. Sobre esta locución, dos consideraciones. O tres. Primero, es una expresión de moda en los medios orales y escritos. Hay que evitarla, pues. Segundo, el verbo se conjuga en subjuntivo. Y el subjuntivo, recordemos, expresa una acción de incertidumbre, subjetividad o posibilidad. Refleja algo que no se ha producido a ciencia cierta en un tiempo concreto. Así que si hablo de «Javier Clemente, el que fuera seleccionador nacional», entonces no estoy muy seguro de que el gruñón norteño entrenara realmente a nuestros muchachotes. Fue una quimera, una imagen onírica, una fantasmogénesis. Y tercero, aquí viene la madre del cordero. Años atrás hablaba de esto la profesora Amelia Fernández en su programa de Radio 5 Hablando en plata. La buena señora, catedrática de lengua, para más señas, rechazaba rotundamente el uso de esa expresión por las razones que acabo de describir. Meses después consulté a la Fundéu acerca de ello. Me contestaron que desaconsejaban su uso, pero que podía admitirse en un lenguaje poético o metafórico propio del español antiguo. Así que es correcto –contradiciendo a doña Amelia, cuyo programa en cuestión ha desaparecido de los podcasts–, pero cuántos poetas de medio pelo nos han salido en los medios de nuestros días.

# El cual. Uff, qué mal suena. ¿Es correcto? Pues sí, mire usted. Lo cierto es que me reafirmo en exponer aquí expresiones consentidas por la RAE pero chocantes y estridentes. Como «asín». Como «malamente». Como «chavala». Y como «el cual/la cual/los cuales». Espantosos. No puedo citar en este listado «en base a» o «a nivel de», porque esas expresiones directamente son imperfectas. Lo sabíais, ¿verdad?

# Lo que es. La empresa de fulanito está trabajando en lo que es proyectos de marketing digital (y sin concordancia, encima). Qué manía de decir las cosas con más palabras de la cuenta. Coño, dilo en dos mejor que en tres. Y es que lo que es, es. Y al césar lo que es del césar. «Lo que viene siendo» sí me gusta. Suena simpático. Por ejemplo: con esta peli me está entrando lo que viene siendo un acojone. Y sabed, amigos, que «acojone» ya está en el DRAE, igual que «gayumbos», «culamen» o «canalillo».

# Experto. ¿Alguien puede autocalificarse como experto en algo? Te lo advierto: si en tu perfil de Twitter alardeas de que eres experto en marketing, social media o lo que sea, no te sigo. ¿Qué tal si dices que te interesa esto o aquello? Otra cosa es que un tercero te califique de experto en ciertos menesteres. Tu pareja, por ejemplo. Muy objetiva ella. Ah, y si eres «gerente» o «CEO» de tu empresa, mejor no escribas el cargo en la tarjeta, ome.

# Recorte. Si es lo que hacen mis hijos con las tijeritas sin tocar el filito del pokemon, vale. Pero si lo dice uno de nuestros gobernantes, por más que alegue que está obligado por la herencia recibida –¿de quién?, ¿de los íberos?, ¿de los Reyes Católicos?–, como que me resulta una palabra odiosa.

# Cesar. El profesor Martínez Albertos nos decía en la facultad que «cesar» es un verbo intransitivo. Que a una persona no la cesan, sino que la destituyen. Que uno cesa en su cargo. ¿Mis compañeros no fueron a clase ese día? ¿Nadie se ha leído el libro de estilo de algún medio? El verbo «cesar», decía, me resulta incómodo porque se utiliza erróneamente en un 90 por ciento de los casos. Igual que el punto y coma o los puntos suspensivos. Citaré el caso reciente de la expresentadora de Los desayunos de TVE Ana Pastor, que escribía en agosto de 2012 en Twitter lo siguiente: «Me cesan por hacer periodismo». Felizmente no escrito, cabría añadir. Toda España pudo leer el azaroso tuit de tan reputada profesional de la comunicación. ¿No le apartarían del micrófono por señalarse? También Julia Otero se lucía por esas fechas en antena. Que si la alcaldesa Ana Botella había cesado a no sé quién. La corrigieron. Ella, erre que erre. Que si verbo transitivo, que si era correcto a su manera. A los 20 minutos rectificó ante la avalancha de tuits. Y es que la radio hablada reúne ante ella –aunque algún locutor soberbio y chabacano lo desmerezca– la mayor cantidad de almas cultas. Todo lo contrario que la tele.

Nota del autor: La vigesimotercera edición del Diccionario académico, publicada en octubre de 2014, admite la acepción «destituir a alguien de su cargo» de la voz «cesar». Así que sirva lo afirmado solo en los casos anteriores a esa fecha.

# Castellano. La RAE recomienda que empleemos el término «español» para referirnos a la lengua que hablan cerca de 400 millones de personas. La lengua común de España y de muchas naciones de América es el español. «Resulta preferible –dice la Fundéu– reservar el término castellano para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español que se habla actualmente en esta región». Así que lo del «castellano» que lo sigan diciendo esos majaderos separatistas. Nosotros, que no tenemos complejos, al menos esos no, digamos «español».

# Las antiguas pesetas. ¿Es que las hay modernas y yo no me he enterado? Ni la prima hermana esa del pueblo fue capaz de sacarnos del euro.

# Buenas. Puede resultar un saludo afable, excepto si es por escrito, que daña a los ojos. Tampoco apruebo que me saluden en un correo-e con un «buenos días». ¿Y si lo leo por la noche?

# Soy de los que piensan. O peor aún, «soy de los que pienso», acuchillando la concordancia. En mi opinión. Yo creo que. Yo pienso que. Joder, hasta yo entiendo que. ¡Sencillez!

# Cinta. Los cinéfilos metidos a críticos se refieren a las películas como «cintas». Muchos de ellos lo hacen magníficamente en filmaffinity.com. No calificaría esta costumbre de esnobismo, porque se escucha desde hace mucho. Pero se dice «cinta» para aparentar que se sabe de cine. Igual que lo de «oscarizado» para referirse a tal o cual actor. Y aparentar al hablar o escribir dinamita la elegancia. En mis tiempos de crítico de rock nos referíamos a componer canciones con lo de «facturar» o «pergeñar» canciones. Supongo que lo habría acuñado el maestro Diego Manrique. Y los demás mirábamos el dedo.

# Tener lugar. Vale, me queda claro que algo se va a celebrar tal día a tal hora. Pero si dices que algo «tendrá lugar» cita el lugar, por tu madre bendita.

# Toda vez. La voz introduce la conclusión o causa de lo expresado con anterioridad. Pero suena fea de cojones. Más fea que alardear de dinero con perilla y riñonera.

# Monitorizar. De acuerdo. Parte de mi pan son las redes sociales. Pero si me obligan a pronunciar esa palabra, entonces voy y me dedico a otra cosa. La cría de kois de estanques, por ejemplo. Y lo mismo para monetizar.

# Guapo. Para referirnos a personas, vale. A mis hijos, por ejemplo. Pero para cosas… uff.  Ya lo cantaba Jarabe de Palo: bonito, todo me parece bonito.

# Nota. Siento catalogar de expresión odiosa una palabra del vocabulario del gran Paco Gandía, el más grande entre los grandes. Pero, la verdad, referirme a un señor, individuo o sujeto como «un nota»… Yo no lo he hecho nunca. Y nunca se lo escuché a mi padre o a mis hermanos. De ahí que me chirríe. Pero vamos, que está en la calle. Perdónenme los notas. Por otra parte, un nota es un menda o un gachó, ¿no? Un fulano. Un prenda. Entonces, ¿si llamamos nota a alguien le estamos ninguneando?

# Tocayo. Me llamo Quico. O Rafael, eso pone en mi DNI. Si hay por ahí alguna criatura que también se llame Quico o Rafael, le ruego que se dirija a mí como Quico o Rafael. Como me llame «tocayo» le mando al carajo. Con delicadeza, eso sí. Y sin acritud, que decía aquel. Y haría lo propio con cualquier sobrino que me llame «tito».

# Avo. ¿Cómo? Me refiero a la terminación de numerales partitivos, cardinales y ordinales. En el último caso sería incorrecta la siguiente frase: «El Sevilla FC conquistó su catorceavo título». Por usar el «avo» en lugar del «decimocuarto» y porque son trece, que no está mal, seis de ellos europeos. Sí sería correcto decir, por ejemplo, que el sindicalista Lanzas se ha quedado con tres dieciseisavos o la dieciochoava parte del dinero de todos que repartía a sus amiguetes, aunque en realidad había más manteca colorá de por medio. ¿Veis cómo sí es una expresión odiosa?

# Solsticio de invierno. Nada tengo contra la forma de denominar al momento del año que marca un cambio estacional y en el que es máxima la diferencia entre el día y la noche. Solo detesto esta expresión cuando la emplea un retroprogre para referirse a la Navidad.

# Renderizar. Ojú el de la lú. De entrada, este palabro no está en el DRAE. Si fuera solo por eso no pasaría nada. Tampoco lo están otros cientos que empleamos cada día. El caso es que lo de «renderizar» lo pronuncian de vez en cuando los desarrolladores web de mi oficina, que son mis compañeros y amigos, pese a ello. Se refieren al hecho de generar una imagen, y alegan que no saben expresarlo de otra forma. Falso. Se puede decir «generar una imagen». Así no ensuciamos el lenguaje con expresiones retorcidas y ostentosas.

# Cocina deconstruida. Si los demás mortales nos vendiéramos como se venden los chefs de alta cocina… Buscas una palabra ampulosa, le dices al personal que se beba la tortilla de patatas y ancha es Castilla.

# Por activa y por pasiva. Expresión excesivamente sobada. Un poquito de por favor, hombre. Y, en general, todas las toscas coletillas y frases hechas. Sí, como las que aireaba García.

# Marco incomparable. Vale ya, ¿no? ¿Es que habéis escuchado alguna vez a Antonio Gala decir eso? Si queréis imitar a alguien, imitad a Gala. También dan el cante los demás lugares comunes: fechas señaladas, cita ineludible, brillar con luz propia, un sueño hecho realidad, hacer las delicias, pisando fuerte, estar de enhorabuena, loor de multitudes, lanzar las campanas al vuelo, soplo de aire fresco, la experiencia nos avala, vestirse de gala, etc.

# Eufemismos. La dichosa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre. Ahí van unos ejemplos para partirse el pecho: solución habitacional (decoración), centro de readaptación social (cárcel, talego, trullo), préstamo en condiciones extremadamente favorables (rescate), procedimientos de ejecución hipotecaria (desahucio, o «a la puta calle»), brotes verdes (recuperación inminente, expresión bautizada por la profeta Elena Salgado en 2009), movilidad exterior (emigración), ticket moderador sanitario (copago), sensación térmica (hace calor, o hace frío, según), instalación fabril (fábrica), mujer en situación de prostitución, posiciones priorísticas, regulación semafórica, etc.

# Expresiones de periodistas deportivos. Clubs, leer el partido, recuperar la verticalidad (esta es la mejor, se refieren a ponerse de pie), juego espeso, el fútbol es así, la ha tenido, buenas sensaciones, automatismos, la Roja, la Orejona (Champions), salto de calidad, este equipo no juega a nada, el míster, hat trick, tiquitaca, jugones, no le mete un gol al arco iris, echarse el equipo a la espalda, volver a sentirse futbolista, le dio con la testa, juega de memoria, buen futbolista y mejor persona, tanto va el cántaro a la fuente, nadar y guardar la ropa, a fulanito hay que venderlo con un lacito, fondo de armario, etcétera. Si lo dijeran de vez en cuando, pero diez veces durante una retransmisión… O referirse a un determinado personaje como «el de Fuentealbilla» o «el de Pedro Muñoz». Los que tienen que recuperar la verticalidad –y la creatividad– son los comentaristas deportivos. «Tuercebotas» sí me hace gracia.

# Expresiones de periodistas del corazón. Nunca he visto en la tele un programa del corazón. Nunca. Nunca he leído una revista del corazón. Nunca. Así que no sé cuáles son las expresiones que utilizan los periodistas del corazón. El caso es que alguien que habla o escribe de la vida privada de los demás es, en términos ciertos y absolutos, un inelegante. Miedo me da imaginar su léxico y sintaxis.

Y hasta aquí ha llegado, por ahora, mi repaso al lenguaje zafio y cerril de nuevo cuño. Ea, ya me he quedao tranquilo. Por favor, que ningún indigente intelectual que utilice alguna de estas expresiones se dé por aludido. Si es que ha llegado hasta aquí, vaya. ¿Alguna sugerencia al respecto?

PD: Como habréis advertido, el personaje cuya imagen ilustra esta reflexión es Don Cicuta –que encarnaba el actor Valentín Tornos–, aquel señor pedante, repelente y cenizo que representaba «la parte negativa» del Un, dos, tres. Un tipo entrañable que hablaba con propiedad. Ejem.

© Quico Pérez-Ventana

 

61 Comments

  1. Daniel Quintero
  2. Ana García Benítez
  3. Antonio Díaz de los Reyes
  4. César Hornero Méndez
  5. Laura Rojas-Marcos
  6. Juancho Glez Díaz
      • Álvaro Olmo (@AlvaroOlmo)
  7. Jesús Spínola
  8. Evaristo Nogales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *