Cabalmente

Iván Ferreiro, extremadamente rico

Escrito por . Publicado en Músicas hace 7 años.
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Ayer fui al concierto de Iván Ferreiro en Sevilla. La culpa no fue del ritmo aquel, sino de mi amigo José Gómez de los Infantes, quien, además de enseñarme a jugar al golf y aconsejarme que me arroje al pozo presupuestario más profundo ahora que tengo albañiles en mi nueva –es un decir– casa del Tiro de Línea, tiene a bien recordarme cada visita de su paisano a esta ciudad, por si mis musas, no tan avezadas ya a la crítica rockera, pasaran de mí y anduvieran de vacaciones. Tremenda dicha que José –el primero por la izquierda en la imagen inferior, eso no deja duda sobre la identidad del dueño de la linda calvita y el cantoso chaquetón motero– tenga una infalible agenda para estas cosas, porque la noche fue ciertamente mágica, aunque uno no se pueda tomar un copazo a gusto por aquello de estar en el extrarradio (Sala Q, Polígono Calonge) y tener la moto en la puerta. La agenda de José, decía, no es de papel, ni tampoco tecnológica. Es un ring-ring con remite del propio Iván Ferreiro, que sabe mantener viva la llama de la amistad cuando baja a la capital andaluza. Bien por él. Y es que José e Iván se criaron juntos allá en Galicia. Eso que han ganado. Por eso serán ambos tan buenas personas.

Del concierto sólo mencionar que el artista en cuestión es buenísimo. ¿Este es el calificativo que se te ocurre después de década y media de periodismo musical? Mayormente sí. Bueno, podría hablar de exquisito rock de autor, de guitarras nerviosas y ritmos desconcertantes, de la más absoluta libertad creativa, de un cancionero, el de Picnic extraterrestre –cuarta entrega en solitario del ex Piratas– y sus antecesores, sencillamente cautivador. Pero el resumen es eso mismo, que el tío es buenísimo, como decía José durante la velada. Y conste que José no disecciona cedés, sino rótulas.

Pero en estas líneas de mi blog, que ya tocaban, quiero contar dos cosas de Iván Ferreiro. Una es de ayer. La otra, de hace más de una década. La más reciente sucedió en el camerino de la Sala Q. Los treinta minutos anteriores a la salida al escenario, Ferreiro departió con su amigo José, un servidor de testigo e interlocutor, sobre lo divino y lo humano. Se le veía tranquilo y, desde luego, afable, como siempre, aunque no paraba de mover los brazos y las piernas como si estuviera haciendo estiramientos para saltar a la pista de pádel. Coño, qué símil más cutre. Sí, marcarte un concierto debe ser agotador. Yo nunca llegaré a saberlo. Sí sé que Ferreiro me ganó una vez más. Y a José, aunque esto no es noticia, porque son amigos en su máxima expresión. Un sentido abrazo. Un vinito. Una reflexión sobre el amigo común que acaba de separarse. Ya era hora, porque a ella no había quien la aguantara, dice aquél. Descarao, contesta el otro. Así hablamos los machotes, pienso yo. Un palique sobre la vida del músico de rock en 2010: esta noche nos recogemos pronto, que mañana tiramos para Murcia. Sí, se notan los tiempos convulsos. Se suspenden conciertos. Está la cosa más paradita. Pero no nos podemos quejar. Ya, me digo a mí mismo, porque ahí fuera hay quinientas almas gritando. Relata Iván el día que tocó en un festival del Sáhara. Y la reciente colaboración con no sé qué gurú. Compruebo una vez más que el músico de rock vive intensamente. A ritmo frenético. Talmente abarca dos vidas, a menos que le dé por pegarse un tiro antes. Cagondié, por qué no me compraría aquel bajo eléctrico que vi de chaval en el escaparate de Musical Ortiz. Porque no tenía un pavo, supongo. Llega el road manager. Hay dos chicas que quieren entrar en el camerino. Iván las recibe y las atiende con exquisita amabilidad. Luego nos cuenta que contactaron con él aquí en Sevilla a través de twitter, y que se marcó el detalle de invitarlas, cómo no. Miro a José. ¿Tú tienes twitter o facebook? No, tío, paso de eso. ¿Y tú? Pues no. No he probado nunca un donut y nunca abriré una cuenta en facebook (supongo que sólo es cuestión de tiempo, pero ahí está el tío, resistiéndose, además de que diez horas al día en una oficina no dejan mucho tiempo libre para tontear con el teclado). Explica Iván: creedme, yo usaba redes sociales cuando nadie sabía lo que era eso. Es un medio genial para mantener el contacto con amiguetes o seguidores. Ya, pero yo a los amiguetes les quiero ver la cara, aunque sea de higo a breva. Y, definitivamente, no tengo seguidores (aquí vuelvo a lamentar la decisión de no comprarme el bajo). Se incorpora Amaro a la charla. ¿Qué tal en Sevilla, José? Yo tengo aquí mi vida, amigo, contesta aquél, a la sazón hermano de Iván. Desde luego, aquí se vive de maravilla. Pero tú no cambias Galicia por nada, ¿no?, pregunto yo. Sí, vivimos allí, pero constantemente nos asomamos al mundo. Los gallegos siempre hemos sido viajeros. En esto estamos cuando alguien dice: ¡vamos allá! Iván sale del camerino como un toro bravo de la puerta de chiqueros, sube al escenario y se mete al personal en el bolsillo. Hasta le tiran un sujetador y él se lo coloca en la cabeza. Gracias, me servirá de inspiración, dice. Y es que en su público variopinto y madurito –veo por allí a mi colega Ángel Cervantes– también hay adolescentes gritonas. Que vivan las adolescentes gritonas que tienen buen gusto. En fin, ¿por qué cuento todo lo anterior? Pues porque Iván Ferreiro, siendo un auténtico crack de esto del rock, es muy, muy, muy buen tío. Eso también hay que decirlo. Dios, la de carajotes que me he encontrado en tantas entrevistas con artistas de medio pelo.

La segunda historieta es de 1997. En ese año yo escribía de rock en un periódico andaluz y dirigía una revista musical de difusión nacional. Un día me llamaron desde la discográfica Warner. Un grupo de periodistas asistiría a una escucha muy especial del nuevo disco de Los Piratas, Manual para los fieles. Y tan especial. Dos días en un pazo gallego, a las afueras de Vigo, en compañía del propio grupo. Eso era trabajo. A eso podía decir que sí. Nada de aceptar prebendas o babear para entrar gratis a tal o cual sitio. Cuando cogí el avión de vuelta a Sevilla supe que nunca en mi vida volvería a participar en semejante presentación promocional de un disco. Y eso que los años siguientes viajé a mil y un lugares para entrevistar a artistas con trabajo recién parido: todas las comunidades de España, Inglaterra, Alemania, Suecia, México, una estancia muy especial con Maná en una villa de la Toscana, hasta un viaje en globo con un ídolo de fans… Nada comparable con aquellos días con Los Piratas en el pazo vigués. Recuerdo un precioso salón de madera en el que un periodista del diario Ya y un servidor escuchamos por primera vez la canción Mi coco junto a sus orgullosos creadores. Sobrecogedor. Luego me llevé charlando con Iván hasta el amanecer sobre los años gloriosos del rock español. Los 80, por supuesto. Eso sí, la queimada no fui capaz de probarla, eso es para tíos todavía más machotes. Desde entonces, siempre que Iván y yo volvíamos a encontrarnos con motivo de una nueva entrevista promocional o un concierto recordábamos aquel instante.

Y eso es todo. Los periodistas no debemos ser amigos de las personas que entrevistamos: eso nos convertiría en seres tan empalagosos como Isabel Gemio, Pedro Ruiz o el tipo del segundo canal andaluz. Micrófono abierto: fulanito, sabes que te quiero y te admiro. Espero verte este mayo en mi casa del Rocío. ¿Te has sentido cómodo durante esta entrevista? ¡Acaba ya! Si el periodista quiere el mismo protagonismo que el entrevistado, malo. Yo, humildemente, quería contar esto ahora que ya no escribo de rock, y que sólo la existencia de un amigo común –con quien la persona, que no el artista, mantiene una hermandad que ríete tú de los templarios– me permite revivir aquellos maravillos años, que diría Kevin Arnold. La ocasión merecía que uno que pasaba por allí nos hiciera una foto de recuerdo. Y una entrada de este blog.

Por cierto, el título de esta crónica hace referencia al mejor tema de Iván Ferreiro, Extrema pobreza. El rostro del autor envejece del mismo modo que se apaga el amor impuro y agotado, enfermo y delicado, pequeño y despistado. Joder, qué gran autor de rock nos ha sido revelado desde la tierra gallega.

 

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