Cabalmente

Lina Quesada: el mundo vertical y la ciudad de canela

Escrito por . Publicado en Personas hace 2 años.
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Una gran mujer en la cima del mundo. De Sevilla misma hacia las cumbres planetarias. A la alpinista Lina Quesada le gusta el peligro, qué le vamos a hacer. Pero en casa cambia los hábitos montañeros por los chipirones en su tinta, la cola de toro y la tortilla rellena. Y luego le prepara un porridge al hombre de su vida, vaya por Dios.

– Su currículo refleja que es la única mujer andaluza en coronar el Everest, con cuatro ochomiles y un puñado de cumbres gigantescas en el zurrón. Da no sé qué hablar de gastronomía con usted. En fin, ahí voy. Además de subir y bajar montañas, ¿le gusta cocinar y el buen comer?
– Cocinar a la manera tradicional la verdad es que no lo hago. No tengo paciencia para hacer unas lentejas a fuego lento en cazuela de barro. Pero sí que he mamado eso. A mis padres les encantaba cocinar y de hecho mi padre hacía unas migas, unas paellas y unas piernas de cordero que quitaban el sentí o. Y las croquetas de puchero de mi madre eran famosas. Yo soy más de cocina light. Me he contagiado de lo que se lleva ahora, comer rápido y mal y probar pijadas como el tofu, la avena, las algas y todas esas tonterías que nos venden a los deportistas en las revistas de correr y entrenar. Pero la verdad es que donde se pone un buen potaje y una buena paella, que me quiten todos los botes de aminoácidos y de proteínas del mundo.

– ¿Cómo se suelen llevar los mundos del alpinismo y la cocina? 
– Se llevan bien. Ahí se nota mucho la cultura. Los americanos son más de llevar a las expediciones comida liofilizada que se hace en una bolsa hermética. Los italianos y franceses son más como nosotros. Los españoles llevamos jamón y lomo ibérico al vacío, queso curado, latas de fabes y de chipirones. Se nota nuestra cultura. He podido disfrutar de un buen cocido en un campo base hecho por un vasco y de un estupendísimo bacalao al pil pil hecho por un asturiano, Carlos Pauner. Y si lo piensas bien, que a esa altura, a casi 5.000 mt, que compañeros de otras expediciones te inviten a un manjar así, eso no se olvida.

– Los deportistas de élite –y usted debe serlo para subir donde sube, con lo empinados que están esos montes de Dios– deben cuidar su alimentación todo el año, ¿verdad? ¿Eso le impide darse un homenaje de vez en cuando? Me refiero con copazos y todo.
– Jajaja, la verdad es que antes de irme de expedición cuido muchísimo lo que como y eso de irme de marcha un día y beber alcohol. Pero como se suele decir, ‘lo cortés no quita lo valiente’. A veces un gran homenaje sí que me doy. Un canasta con una tapita de queso graso, o algún vermouth en una tasquita de El Salvador sí que caen, jaja. Ahora bien, lo que nunca haría bajo ningún concepto es irme a comer hamburguesas con bacon y salsas y comida basura. Eso jamás, ya que pienso que es un veneno para el cuerpo. Antes que eso, prefiero comer algas o tofu, jajaja.

– ¿Es la alpinista Lina Quesada persona de gustos refinados y sibaritas en el comer?
– No creo. Mira, este año en la última expedición en la India te puedo asegurar que se demostró que fui la menos sibarita de todos. Cuando te levantas en el campo 1 a 5.500 mt después de pasar la noche en una colchoneta sobre un glaciar, es decir, sobre el hielo, y te desayunas unos noodles picantes, que te duelen hasta los labios al comerlos, te puedo asegurar que si eres sibarita eso ni te lo acercas a la boca, jajajaja. Mis compañeros de expedición siempre pierden kilos y yo vuelvo igual. Me cuido en el sentido de que tengo que comer para poder subir y para no perder fuerza ni masa muscular. Si me ponen porridge –papilla ‘engrudo’ de avena– para desayunar, me lo como tan ricamente. A veces nos ponían judías para desayunar. Hice un gran esfuerzo, pero tenía que comer, no podía perder energía y vitalidad.

– Un poné. Cuando está en la cumbre del Satopanth a – 30 grados, ¿le entra hambre? Por favor, no me diga que en ese momento se merienda una de esas insulsas barritas energéticas.
– Jajaja. Una de las cosas malas que tiene el mal de altura es que te quita el apetito. En esos casos comes para sobrevivir. Es cierto que con los años cada vez odio más las barritas y los geles. Intento comprar nocilla y crema de cacahuetes, que son pequeños homenajes allí. Me suelo llevar chocolatinas normales o las sobras de las navidades, bolitas de coco, mazapanes y todo eso, que es más natural y está exquisito. Incluso el turrón de chocolate de toda la vida.

– Dicen que en las grandes montañas se come poco, por aquello de perder el apetito con las alturas. Se tiene diarrea por comer nieve y te entran parásitos intestinales. Mujer, ¿no es mejor hacer turismo por el mundo, lo que se ha hecho toda la vida, e ir a buenos restaurantes? 
– Jajajaja. Me hablas como mi hermana y mi familia Pues sí, lleváis toda la razón. Es mejor dormir en una cama y comer en una buena mesa, pero me perdería todas esas bellezas naturales que he podido contemplar y que puede que en pocos años desaparezcan. Hablo de los glaciares, por ejemplo. De lagos de montaña impresionantes. De comer en una pared mientras la escalas. De dormir en una cumbre y ver la puesta de sol más bonita del mundo. De tener las estrellas tan cerca que su luz hasta te impresiona. Dormir a 7.500 mt sin contaminación acústica ni lumínica, con la soledad como compañera. Uffff, eso es impresionante. Gracias a lo espartana que puedo llegar a ser he podido disfrutar de lugares y momentos inigualables que para mí se quedan. Estoy dejando las rutas gastronómicas para cuando llegue a los 70, jajaja.

– En su blog con-lina-quesada.blogspot.com.es –muy bien escrito, por cierto, y con una hermosa imagen de cabecera, ejem– le cuenta al mundo cómo es su vida. Si supiéramos realmente lo que come un alpinista no le tendríamos ninguna envidia por ver ese mundo que no vemos el resto de los mortales, ¿verdad? 
– Jajaja, totalmente cierto. Si te vienes 24 horas a compartir cada momento en la montaña en una expedición, te aseguro que o te enamora o no vuelves. No es solo comer lo que haya. Es beber agua hervida a diario, con tierra a veces. Es cargar con un mochilón a la espalda, llevar unas botas que cada una pesa un kilo, hacer casi todo con guantes, ir al baño donde se pueda. En fin, que no es una vida agradable la de alpinista. Tiene que gustarte mucho y ser muy loco o espartano.

EN CORTO

¿A qué sabe Sevilla? A canela.
¿Y a qué huele? Azahar.
¿Cena con velas o codo en barra? Depende de la compañía. Con amigos, codo en barra.
Su mayor debilidad a la mesa. Saber parar.
Un sabor de su infancia. Las papas guisadas con chocos que hacía mi madre.
¿Qué le prepararía un domingo a su familia? Una paella de marisco y pescado.
¿Y al hombre de su vida? Jajajaja. Un porridge. Si me quiere comiendo porridge, ya es una prueba dura.
Un plato para subir montañas como una moto. El turrón.
Caña de cerveza o gran reserva. Gran reserva.
Caracoles o gambas.
 Caracoles y cabrillas.
Cocina tradicional o creativa. Tradicional.
Un barrio de Sevilla con sabor. Santa Cruz.
Su secreto para el buen gazpacho. Ponerle media manzana ácida.
Y mientras devora un buen libro… Un fragata.

– Hablemos de la cocina de su tierra. En su opinión, ¿cuál es la mayor contribución gastronómica de Sevilla al mundo? 
– Bueno, lo de comer en la calle es algo que le sorprende mucho a mis amigos del norte, ya que ellos allí tienen temperaturas que no les permiten hacerlo. Lo de las tapas también les sorprende a los extranjeros, porque en Europa se cena con mesa mantel y velas, y la verdad es que les apasiona el tapeo y eso de poder probar tantos sabores y combinar unas tapas con otras por un precio tan bajo, así como la gran oferta de vinos y tapas caseras. Pero en realidad la esencia de Sevilla es lo que le gusta a la gente que viene aquí: el ruido, las risas, la simplicidad de comer sobre un barril de madera o apoyados en una ventana, la naturalidad con la que forma parte la gastronomía de nuestra rutina diaria, sin ningún tipo de etiqueta ni protocolo. Comer de manera natural y espontánea, con amigos, con conocidos, donde todo el mundo te ve y donde ves pasar a todo el mundo.

– Cree que está suficientemente utilizada la gastronomía sevillana como recurso turístico? Otros, con mucho menos, se venden tela marinera, ¿verdad? 
– Siempre se puede hacer más. Los empresarios pueden inventar rutas grastronómicas, ofertas de hotel + cata de vinos o degustación de comida local, por ejemplo. O aprovechar la visita a monumentos y lugares históricos con una cita de degustación de tapas. Hay que echarle imaginación, la materia prima ya la tenemos.

– ¿Cuáles son sus lugares favoritos de Sevilla para comer, cenar, tapear o tomar una copa? 
– Siempre me ha gustado la Alfalfa y el Salvador. De jovencitas íbamos mis amigas y yo mucho a la Taberna del Perejil. Nos cantaba y nos tomábamos un vinito para empezar nuestra ronda de bares. Santa Catalina también es una zona que está muy bien. Ahora vivo por Nervión y allí hay una amplia gama de bares que ofrecen gran calidad y tapas exquisitas. Pero no olvido tampoco la Alameda, donde cada vez hay más y más bares de tapas muy buenas, de decoración y diseño fantásticos y donde poder tomarse luego una copita con buen ambiente. Soy quizás más perroflauta y ese es el ambiente que más me tira, jaja.

– ¿Qué cocina de fuera de Andalucía le cautiva más? 
– Mira, me encanta viajar y me encanta pasarlo mal, pero como se vive y se come en España, y más concretamente en Andalucía, creo… que no hay lugar en el mundo, eso lo tengo claro. También es verdad que la comida italiana es muy parecida a la nuestra y ¡me encanta! Los quesos de Francia me chiflan. El cous-cous marroquí es muy sano y con sus especias y su mezcla de sabores también hay que probarlo, así como los dulces árabes. La gastronomía mejicana también me encanta. Hubo una época que estaba enganchada al guacamole y a los tacos de pollo con frijoles negros, y me los hacía yo misma en casa. También he tenido la suerte de probar la carne argentina y el asado, que están riquísimos. Pero del resto del mundo, sobre todo de Asia, te digo que si tienen mala cara es por lo mal que comen. Con tanto picante y tantas especias y tanto arroz y sin poder probar el alcohol no se puede tener buena cara, jajaja.

– ¿Qué ‘cuchareo’ de aquí echa más de menos cuando viaja por el mundo? 
– Uff, por unas lentejas espesas con zanahorias y patatas me moriría, jaja.

– Una ruta de cuatro rincones gastronómicos imprescindibles de Sevilla. 
– Pues es difícil resumir en cuatro lugares la amplia gama gastronómica que tenemos. Pero intento ser concisa. Yo empezaría con un vinito o un vermouth en la calle García de Vinuesa, en la Bodega Morales, con una tapita de chipirones en su tinta. Después, bajando hacia la calle Adriano, no te puedes ir de Sevilla sin probar la cola de toro. Me gusta en la Taberna Pepe Illo, y los champiñones rellenos de jamoncito están riquísimos. También podemos tirar hacia la zona de Mateos Gago, con una tortilla rellena en las Columnas, o una pringá. Y después, más arriba en esa calle, en la Casa Tomate también hay una carta de tapas que te dejará con ganas de probarlas todas.

– ¿Alguna vez ha sentido la misma adrenalina con un plato en la mesa que escalando una ladera por el Karakorum mismo? 
– Jajaja. Bueno, cuando vuelvo a casa tengo que decidir qué comer el primer día y sí que me pongo nerviosa. Me gustaría probar un poco de todo. Siempre me pide el cuerpo un salmorejo fresquito. ¡¡¡Es lo más sano del mundo!!! Y una de las mejores cosas de llegar a Sevilla es poder beber agua del grifo, sin embotellar y sin hervir. Agua fresca y normal.

– Venga, no se me escape. Confiese qué se ha visto obligada a llevar a la boca por culpa de esa jodía manía suya de escalar peñascos lejanos. 
– Jajajaja. En 1998 fuimos a la cordillera del Atlas un grupo de amigos del Club Alpino Sevillano y yo. Éramos unos novatos, sobre todo yo, y no llevábamos ni la equipación recomendada ni la comida suficiente para subir nuestro primer cuatromil, el Toubkal. Cuando bajamos de cumbre, todos habían perdido el apetito por la altitud, pero yo me puse a rebuscar en la mochila porque tenía hambre y descubrí un paquete con cinco salchichas y un botecito de plástico con algo dentro, que resultó ser cola-cao en polvo. Pues nada, como nadie quería comer, allí me puse a embadurnar las salchichas crudas en cola-cao en polvo y comérmelas, jajajaja. ¡¡Exquisito!! ¡Seguro que un chef famoso saca ese plato en su carta y se forra!

Texto y fotos: Quico Pérez-Ventana

Publicado en el portal gastronómico El Salero.

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