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Periodistas de Sevilla: magisterio de los clásicos

Escrito por . Publicado en Letras hace 4 años.
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«Hay que hacer Sevilla para el mundo, ya que tan bien sabemos hacérnosla para nosotros» (Joaquín Romero Murube)

Estos días estivales he concluido la lectura del libro Periodistas de Sevilla – Retratos de autores de dos siglos, editado en 2009 por la Asociación de la Prensa de Sevilla con motivo de su centenario. Un trabajo colectivo que propone la relectura de la obra de ilustres periodistas sevillanos a través de los perfiles biográficos realizados por destacados periodistas en ejercicio. Tremendo placer retozar en las palabras de aquellos grandes maestros de nuestra vieja prensa escrita. Y tremenda la importancia que la sociedad concedía a sus reporteros. De ahí la presencia de muchos de ellos en el callejero hispalense: Joaquín Guichot, Blanco White, Chaves Nogales, Alberto Lista, Peris Mencheta, José Laguillo, Romero Murube, Fernán Caballero, Santiago Montoto, Manuel Ferrand, José María Requena –los citados hasta aquí, presentes en el libro de la APS–, José María Izquierdo, Ramón Resa, Filiberto Mira, Domingo Tejera, Chaves Rey, Diego Martínez Barrios, Padre José María Javierre… Y, por supuesto, la Plaza del Cronista, el agradecimiento de una ciudad a quienes narraron sus días y sus noches.

Placa en Los Palacios a Joaquín Romero Murube. Foto: Pepe Font Gavira

Placa en Los Palacios a Joaquín Romero Murube. Foto: Pepe Font Gavira

De entrada, una reflexión. ¿Quiénes serán los periodistas que prestarán su nombre a futuras calles de la ciudad? Ya imagino a mis nietos atando las bicis en el aparcamiento de la glorieta Paco Correal, tapeando por las tabernas de la calle Carlos Herrera, comprando un caprichito en los comercios de la calle Antonio Burgos esquina Paco Robles o celebrando un título del Sevilla FC en el paseo Antonio García Barbeito, a la vera de la Puerta de Jerez. Si estuviera en mi mano, borraría de su placa el nombre de algún que otro sujeto malencarado y haría constar el agradecimiento de Sevilla a José María Gómez y Pepe Guzmán. Es solo un ejemplo. Así a bote pronto.

En estos dos últimos siglos, así lo reconoce la coordinadora de la obra, Mª José Sánchez-Apellániz, los periodistas sevillanos se debatieron entre su amor por la ciudad y sus críticas al «inmovilismo y conformismo de unas gentes que impidieron el avance de aquella gran orbe del mundo hispánico». Bendita tarea la de esta afable profesional de Canal Sur: escarbar en un pasado periodístico que aireaba con destreza nuestras vergüenzas de entonces, que son las de ahora, para nuestro sonrojo. Enfrentar a aquellos intelectuales de antaño –que incluso tenían su lugar de reunión, la taberna El Nueve, derruida para facilitar la entrada desde la Avenida de la Constitución a la Plaza Nueva– con los reporteros de los días presentes. Los segundos seleccionan un texto representativo y esbozan unas pinceladas biográficas de los primeros. Exquisiteces de gourmet. Citaré algunos ejemplos –a mi entender– deslumbrantes. Para eso están los libros de trabajo, ¿no? Y es que, como escribe Antonio Ramos Espejo en referencia a Francisco Peris Mencheta, «cada periodista busca sus maestros en la historia». Peris Mencheta, sí, el mismo que en el 36 se entrevistó con Queipo de Llano para intentar evitar el fusilamiento de Blas Infante.

La inexactitud de Sevilla

Comienzo con José María Requena (Carmona, 1925 – Sevilla, 1998), que enjuició con acierto en su artículo De la Sevilla inexacta aquellas calles que hoy son las mías. «Sevilla viene a ser, precisamente, lo que se supone a punto de llegar y no llega. De ahí su paradójico talante de paraíso que sueña con los cielos aún más altos de la utopía. Desde su narcisismo, a fuerza de tanto autosoñarse, se despeña de continuo en el desengaño. No es verdaderamente alegre, sino enamorada de la alegría». Y más. «(…) En mantenida renuncia a cuanto es duradero, consecuente y ganancioso. En Sevilla, por imperial decreto de temperaturas, aromas y luces, está completamente prohibido el aburrimiento. (…) En Sevilla no resulta ni medianamente decente amordazar la imaginación para que salgan bien las cuentas de lo razonable» (ABC de Sevilla, 1992). ¿Y qué se propone cuando se sienta ante la máquina?, le preguntaba Juan Holgado a Requena en 1971. «Cuidar el estilo, buscar la palabra precisa, aunque no siempre la encuentre», respondía aquel.

Manuel Ferrand (Sevilla, 1925-1985) recordaba a Romero Murube, fallecido hacía diez años. «Antes o después, a veces desde el principio al fin, el tema era Sevilla. Sevilla en sus labios. Sevilla en su corazón y en su pensamiento, rondaba, apasionadamente, en indagación sutil, continua, de sus avatares y de sus secretos. Uno, que era y sigue siendo aprendiz de tan honda y bella asignatura, conoció mejor Sevilla escuchando y leyendo a Joaquín Romero» (ABC de Sevilla, 1979). Menudas tertulias mantendrían aquellos dos astros de la prensa andaluza. Once años antes, Romero Murube escribía esto de Ferrand –que acababa de ganar el premio Planeta– en El Correo de Andalucía: «Cuando se sienta ante un amigo se dobla un poco hacia delante, como un metro que se resiste a su verticalidad articulada. Es su corazón que le empuja hacia su cordialidad y la entrega amistosa».

El citado Joaquín Romero Murube (Los Palacios y Villafranca, 1904 – Sevilla, 1969) hablaba en su artículo Cesantes de la belleza de esas calles que fueron bellas y a las que los urbanistas modernos le habían robado todos sus encantos. «Derribos, más derribos, arquitecturas extrañas, ausencia de patios, de luz e intimidad de hogar… (…) Pasear hoy por nuestra ciudad es quedar cesantes de muchas cosas que antes gozábamos, de muchas bellezas, de todo lo que hacía de Sevilla una ciudad única y entrañable. Eso, cesantes de la belleza. Un poco muertos ya. ¡Qué nos vamos a hacer! Cesantes como sevillanos. ¿Podrá tener esto arreglo? Nos invade el escepticismo. Ser hoy sevillano es morir cruelmente y poco a poco, en cada calle, en cada esquina de la ciudad» (ABC de Sevilla, 1965). Imploraba Romero Murube el fin de esa muerte a chorros de las esencias hispalenses. ¿Les suena? Se refería, entre otros, al estropicio de la Plaza del Duque, donde se echó abajo una casa palacio para construir los grandes almacenes que ya saben, pero bien podía haberse referido, caso de vivir en nuestros días, a las setas de la Encarnación, al rascacielos de la Cartuja o al mobiliario urbano ideado por nuestro anterior alcalde. «Un arquitecto desaprensivo –afirmaba el autor en el Pregón de la Semana Santa de 1944–, o tal vez la imposición de un nuevo rico, ha labrado (…) un hotel meublé (…) en un estilo arquitectónico que lo mismo puede ser aquello la casa del gobernador francés en Mozambique o el Consulado Alemán en Boston. Todo menos una casa de Sevilla. Y esto es intolerable. (…) ¡Cuidado, nuevos ricos, usureros del espacio vital de los sevillanos, que no tenéis cultura, ni elegancia, ni el desprendimiento para saber ser ricos en Sevilla!». Tomen nota mis vanguardistas vecinos del Tiro de línea.

El texto seleccionado de Alberto Lista y Aragón (Sevilla, 1775-1848), el liberal que amaba el orden, amplía el campo de visión con pesar. «La España se agita por entre precipicios sin más que luces inciertas que la preserven de ellos. (…) La España tiene leyes, pero los ciudadanos las ignoran, y apenas basta la vida para entenderlas. Tiene leyes, pero están sumergidas en millares de volúmenes que, cual montones de escombros, las oscurecen. Tiene leyes, pero muchas son debidas a la antigua ignorancia, miles al moderno capricho. La España tiene rentas inmensas, mas apenas se encuentra quien sepa descifrar sus principios. Tiene rentas inmensas, mas ignora cómo se cobran. Tiene rentas inmensas, mas no sabe cómo se invierten» (Semanario Patriótico, 1809).

La fiebre y el fervor

José María Blanco White (Sevilla, 1775 – Liverpool, 1841), figura del pensamiento político liberal del siglo XIX, hombre religioso aunque asfixiado por el fanatismo y la intolerancia de la iglesia católica, escribía en 1801 una estremecedora Carta desde España. La fiebre amarilla había llegado desde Cádiz hasta el arrabal de Triana y, pese a que algunos médicos advirtieron que era materia contagiosa, la timidez y lentitud de los munícipes hispalenses derivó en que la enfermedad cruzara el río y comenzara a hacer estragos dentro de las antiguas murallas de la ciudad. «Ya era hora de alarmarse, y en efecto las autoridades dieron las primeras señales de preocupación. Pero no va a dejar de sorprenderle a usted la originalidad de las medidas tomadas. No se decretó la separación de la parte enferma de la ciudad de la parte sana, ni tampoco se arbitró ningún medio para atender y hospitalizar a los enfermos pobres. Las autoridades, que con estas medidas hubieran conseguido detener el progreso de la epidemia, hubieran tenido que dar cuenta de la severidad de su actuación, y su mismo éxito contra la fiebre amarilla se hubiera interpretado como la mejor prueba de que nunca había existido un verdadero peligro. Por consiguiente, con el fin de evitar cualquier decisión discutible en situación tan peligrosa, las autoridades civiles sabiamente resolvieron solicitar del arzobispo y del Cabildo Catedral la celebración de las solemnes plegarias llamadas Rogativas, que se hacen en tiempos de calamidad pública. La petición fue concedida sin demora, y durante nueve días consecutivos al anochecer se celebraron Rogativas en la Catedral».

El resultado puede imaginarse. La enfermedad siguió avanzando a paso rápido, y ni el Lignum Crucis –un fragmento de la Vera Cruz– exhibido en lo alto de la Giralda logró purificar la atmósfera y acabar con la infección. Más bien al contrario. La reunión en la Catedral de tanto devoto postrado ante el relicario de oro condensó en un foco común los hasta entonces dispersos gérmenes de la epidemia. «Cuarenta y ocho horas después de la procesión pocas eran las casas no visitadas por el dolor. Las muertes se multiplicaron por diez al cabo de dos o tres semanas, el número llegó a ser de doscientos a trescientos por día». En fin, que gracias a tanto rezo la sexta parte de la población enfiló el caminito del hoyo. Así nos ha ido y así nos seguirá yendo. Chupacirios sevillanos por los caminos de Dios, que cantaban aquellos lolailos. Así era la letra más o menos.

La politiquería sevillana

«Las opiniones son unánimes», escribía José Laguillo Bonilla (Sevilla, 1870-1959) respecto a las elecciones municipales que habrían de celebrarse en noviembre de 1917. «¿Por qué no se presentan Zutano y Mengano, que tienen posición independiente, gran significación social y competencia probada en sus asuntos particulares? ¿Por qué ciudadanos probos, íntegros, que llevan ostensible la marca de un civismo a toda prueba, se abstienen de intervenir en la administración de la ciudad dejando campo libre a la politiquería y al rutinarismo de los sometidos al yugo caciquil? (…) Liberales y conservadores, republicanos, socialistas, neutrales, comerciantes, obreros, las clases todas en fin, (…) presentadle a Sevilla un plantel de nombres con el crédito de la honradez y la independencia de su posición social, avalorada por la competencia, que no sea solo de los partidos políticos (…) y Sevilla irá en masa a las urnas consciente de que los tiempos han cambiado y que más puede esperar del múltiple esfuerzo de varios factores heterogéneos que de la falange ciega a la consigna y sumisa a la voz del jefe. (…) Mientras no exista unión, trabazón de entusiasmos y energías, la vida de Sevilla será difícil, su porvenir estará en entredicho» (El Liberal, 1917). Paréceme, perdone vuestra merced, maese Laguillo, que un siglo después los tiempos no han cambiado.

«Siempre lo he dicho: los periodistas deben estar en la calle», narra el biógrafo Paco Correal sobre José Laguillo. «El director de El liberal lo sigue cumpliendo incluso después de muerto». Se refiere, claro está, al rótulo del ensanche a la vera de Santa Justa. Por cierto, semanas atrás coincidí con Correal en las entradas y salidas de nuestros peques en el Proyecto Búho de la Casa de la Ciencia. Me contó que el nieto de Laguillo, médico ya jubilado, asistió al acto de presentación del libro y que poco tiempo después nos dejó para siempre.

Y de política municipal escribía también en abril de 1916 Agustín López Macías ‘Galerín’ (Sanlúcar de Barrameda, 1881 – Sevilla, 1944) en un artículo titulado Consejos electorales: «¡Hoy se juega, hoy! Hoy, querido lector, saldrán de las urnas unos señores que no harán nada por ti, ni por tu tierra, ni por nadie tan pronto tengan el acta en el bolsillo. Los republicanos te darán esperanza; los liberales, caridad; los conservadores, fe; los de la Liga, ni fe, ni esperanza, ni caridad. Ya lo sabes». Paréceme que ahora todos juegan en la Liga esa. Galerín, por cierto, se definía a sí mismo como «una estilográfica que se llena y que se vacía tres o cuatro veces al día». Qué bonito, ¿no?

Portada del libro «Periodistas de Sevilla - Retratos de autores de dos siglos». APS

Portada del libro «Periodistas de Sevilla – Retratos de autores de dos siglos». APS

Sevilla y la civilización

Y Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944), cómo no. «Sevilla está demasiado hecha, demasiado trabajada. Dejémosla estar. La única manera de no torcer su sentido será no pretender interpretarlo. No añadirle cosas; cuanta menos literatura mejor. (…) El sevillano da la impresión de estar muy satisfecho de sí mismo, muy orgulloso, muy contento. No necesita más de lo que tiene. Es frugal en sus necesidades espirituales como en su comida. (…) Porque no estamos en ruta. Sevilla, metida en sí, dedicada a su propio culto, se va quedando fuera de la órbita de la civilización» (Mediodía, junio de 1926). Definitivamente no solo hubo una Brevísima relación de la destrucción de las Indias ni un solo Fray Bartolomé de las Casas.

En fin, lo demás está en el libro de la APS, cuya lectura recomiendo a todos mis compañeros reporteros de esta ingrata y santa ciudad. Que sepan de dónde venimos, porque adónde vamos está muy claro: periodismo digital y redes sociales. Mesa camilla con braserito, vaya. Pero, como escribió Manuel Ferrand, eterno autor de las páginas de huecograbado del ABC, «siempre es Sevilla noticia para quien la vela con los ojos y el corazón bien abiertos». Porque Sevilla, sépanlo, es «una pasión que hay que llevar con inteligencia para no caer en excesos y pecados». Así lo dijo mi maestro –en el sentido literal– Julio María de la Rosa. En mi caso, los únicos excesos y pecados se los concedo a unos señores que juegan a la pelotita en el barrio de Nervión. En una catedral, por cierto, cuya arquitectura gozaría del beneplácito de Romero Murube. Y, como a aquel con la Giralda, puedan verla mis ojos cual postrera reliquia de la ciudad amada.

Cecilio de Triana y el compadre Zurriago

Ya en el XVIII se consideraba el periodismo «un oficio difícil, penoso y poco lucrativo al que se dedicaban esforzados hombres y mujeres con querencia a elevar el nivel cultural del país», en palabras de Sánchez-Apellániz. «Ingratitudes, contrasentidos y perplejidades múltiples», según Manuel Ferrand, quien recomendaba dejar el oficio siendo uno joven. «Españoles estudiosos que nunca han envilecido su profesión consagrándola a la adulación y a la mentira». Así rezaba la editorial de El espectador. Entre el primer periódico que vio la luz en Sevilla –Gazeta Nueva (1661)– y el inicio del siglo XX, nada menos que 589 cabeceras, según el listado de Chaves Rey. Como los reporteros en el callejero, los nombres de aquellas publicaciones se impregnaban de romanticismo y compromiso: Hebdomario útil sevillano, La linterna mágica, Los críticos del Malecón, El patriota andaluz, El espectador sevillano, Las cartas del compadre Zurriago, El redactor de Sevilla, La sombra de Lacy, El Noticiero sevillano, A Sevilla libre, El Genio de Andalucía, Mediodía, El Español, La Asamblea, El regalo de Andalucía, El Liberal, El Porvenir, La Unión, La Monarquía, Don Cecilio de Triana, Suroeste, Diario de la tarde, Nueva Andalucía, etc. Además de los actuales, obviamente. Ahí quedaron. Benditos aquellos noticieros y cronistas de Sevilla. El Todopoderoso los tenga en su santa gloria. Pero rogativas las precisas.

© Quico Pérez-Ventana

 

10 Comments

  1. Antonio García Barbeito

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