Cabalmente

Sánchez Dragó: en ruta imperturbable hacia la luz

Escrito por . Publicado en Personas hace 8 años.
Entrevistando a don fernando Sánchez Dragó en el Hotel Inglaterra, Sevilla. Diciembre 2009.

 

Invierno de 2010. Visita promocional a Sevilla de don Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936). Presenta su último libro, Soseki. Inmortal y tigre (Planeta). Tras una mesa redonda con periodistas de las diferentes cabeceras hispalenses, me concede a mi solito, cuánto honor, una entrevista para mi revista Suite Sevilla. En sus páginas, el aspecto literario. Aquí, el texto íntegro, sin recortes canallas. Un cuartito de hora que dio mucho de sí ante la grabadora. Me quedo también con el rato previo y posterior al palique, incluyendo la sesión de fotos del compañero Paco Alorda. Don Fernando es un señor encantador, pese al cansancio. Culto hasta hipnotizar a su interlocutor. Tomen nota los de nuestra ‘cosa pública’. Y radical a manos llenas. Juzguen ustedes mismos.

Le dejo mi tarjeta a modo de presentación. Sobre fondo naranja, la tecla Q de mi antigua máquina de escribir Royal. “Qué bonita. Lo siento, no te puedo corresponder”, comenta. “Nunca he tenido tarjeta. Miento, cuando estudiaba bachillerato me hice unas, pero no las utilicé nunca”. Claro, pienso yo. Si a uno le conocen en todas partes, ¿para qué cojones necesita una tarjeta? Yo a lo mío, encargando de doscientas en doscientas en la imprenta de la calle Lumbreras.
–Don Fernando, acabo de verle lidiar a media docena de periodistas de variado pelaje. Algunos querían clavar en carne, no en trapo.
–Si hubiera sido sólo eso… Mira, ahora es casi más duro promocionar un libro que escribirlo. Antes los editores se conformaban con que escribiéramos nuestros libros, ahora quieren que los vendamos. Yo creo que dentro de poco nos van a colocar un chiringuito ahí en la calle y nos van a poner de tenderos. Pero bueno, si estás bien contigo mismo estás bien en todas partes, incluso en esta ronda de entrevistas. Así que estoy bien.
–Se le ve pletórico, Sr. Dragó. [Aquí omito referenciar la linda japonesita que aguarda tres sofás más allá]
–Estoy bien de forma y de ánimo, aunque un poco inquieto por la avanzada edad que tengo. Preferiría tener 50 años menos, pero nadie es perfecto.
–¿Qué tiene Soseki de real y de metáfora?
–Es absolutamente real, nada de metáfora. Media España lo sabe, porque lo llevé en dos ocasiones al ‘Diario de la noche’, el informativo que presentaba, y en otras dos ocasiones a mi programa ‘Las noches blancas’. Así que era un gato muy conocido antes de que yo escribiera este libro. Más que el gato con botas.
–Y ya no está entre nosotros, trágicamente.
–No, el gato murió para salvar a mi nieta. Se inmoló. Y ese es el nudo dramático alrededor del cual se tejen los hilos de esta novela. En ella todos los personajes son reales, pero naturalmente la historia del gato está novelada, fabulada, literaturizada. Es, al mismo tiempo, novela de ficción y novela de no ficción.
–¿Le da usted tanta importancia a un gato porque realmente venera al animal o para mostrar al mundo que uno es absolutamente libre en términos creativos?
–Las dos cosas. El gato es mi animal favorito. Siempre he dicho que de todo lo que contiene el universo, lo que más me gustan son los gatos. Y en el mundo vegetal, los olivos. ¿Por qué me gustan tanto los gatos? Porque el gato es el principio de la libertad, la independencia, la desobediencia, la rebeldía, la elegancia, la limpieza, el silencio… Es decir, de todas aquellas virtudes que yo admiro en los seres humanos y que me gustaría estar en posesión de ellas.
–¿Somos los humanos unos canallas en comparación con los gatos?
–Los gatos tienen esas virtudes siempre. Los seres humanos tienes esas virtudes unos sí y otros no. Los gatos son perfectos, Los seres humanos, no.
–¿Ha leído usted alguna vez su perfil biográfico en wikipedia?
–En wikipedia no sé. En un par de ocasiones he visto cosas que se decían de mí en internet que no me han interesado lo más mínimo. Mira, mi desinterés por lo informático llega al extremo de que yo tengo una página web (www.sanchezdrago.com) que, según me comentan, está muy bien hecha, puesta al día, divertida, y que yo nunca he visto. Nunca he entrado en mi web.
–Pero el blog sí lo actualiza usted mismo, ¿no?
–El blog que aparece en internet con mi nombre jamás lo he leído. Eso es gente que escribe. Vamos a ver, yo tengo un blog en elmundo.es que se llama ‘dragolandia’ y en el que escribo dos veces por semana. Por cierto, los primeros textos los hice aquí, en plena Feria de Abril, desde la Maestranza de Sevilla. Pero no leo jamás lo que envían los lectores del blog. Y en el blog de mi página web no participio para nada. A veces, muy de tarde en tarde, la persona que me hace esa web, que es de mi entera confianza, Javi, me pasa algún mensaje especialmente significativo.
–¿Y a qué obedece esta aversión a las tecnologías?
–Efectivamente no tengo esa sintonía con las tecnologías. Pero aparte de eso es que no me importa lo más mínimo lo que la gente pueda decir de mí. Yo soy una persona vuelta hacia dentro, no vuelta hacia fuera. Siempre he sido así. Nunca me ha interesado el qué dirán. Aquellas personas a las que les interesa el qué dirán no son libres. La libertad significa que no te interese lo más mínimo lo que los demás piensen de ti. Yo, como el sabio, pretendo ser absolutamente inmune al elogio y a la crítica, al éxito y al fracaso. Yo soy imperturbable. Yo no hago nada para tener éxito ni para fracasar. Eso son consecuencias posteriores que no rezan conmigo. Lo que yo tengo que hacer es escribir un libro. En el momento en que dejo de escribir un libro, el libro ya no es mío, es de los lectores, y si escucho su opinión yo ya no seré libre para escribir el siguiente.
–Le citaba su biografía de wikipedia porque le colocan muchos sambenitos, cuando usted se define como un autor sin etiquetas. Tremendo contrasentido.
–O no. Un hombre sin etiquetas es una especia de maniquí desnudo que está en un escaparate de El Corte Inglés y al que cualquiera que pasa le puede poner unas bragas, unas medias, unos calzoncillos o un jersey.
–En términos literarios, ¿de qué pasos se siente más orgulloso? ¿Cree que ha tenido algún resbalón?
–Hombre, en toda obra literaria hay cumbres y hay infiernos, hay logros y hay fracasos. Hay libros de los que estoy más orgulloso y otros de los que estoy menos orgulloso. En la literatura también se dan pasos falsos. La literatura, como casi todo en la vida, es un proceso continuo de aprendizaje. Desde ese punto de vista, generalmente vas a más. Pobre de ti si vas a menos. Cuando vas a menos ha llegado el momento de que cuelgues la pluma y te dediques a otra cosa.
–Los españoles somos pocos avezados a la lectura. Usted, que tiene contacto con la ciudadanía a través de un medio de comunicación de masas, ¿cree que este país sería diferente si leyera más?
–Bueno, yo tampoco soy partidario de que la lectura sea una especie de obligación de la sociedad. La lectura es una vocación. En mi caso, la lectura forma parte indisoluble de mi vida, de mi formación y, por lo tanto, de mi vocación. Pero no creo forzosamente que el país mejorase si se leyera más. Hay países donde se ha leído más y no por ello han sido mejores. No, la lectura es un grano de arena en un desierto. No es tan importante como parece.
–¿Y la escritura? ¿Es decente lo que leemos? ¿Debería haber penas de cárcel para los que envían SMS a la tele?
–El problema es que ahora se publican demasiados libros. Nada menos que 70.000 libros al año en España. No es exagerado decir que, de ellos, 69.900 sobran en la historia de la literatura y desde luego no pasarán a ella. En esta ceremonia de la confusión los que leen poco tienen muy pocas posibilidades de que les toque el libro adecuado, las mismas de que les toque el gordo. Stanislaw Lem, el gran escritor polaco, elaboró su triple ley, que yo suscribo en su totalidad. Decía: Punto uno. Nadie lee. Punto dos. Los que leen no entienden nada. Punto tres. Los pocos que entienden algo se les olvida todo inmediatamente. Así estamos. Tú hablas de medios de comunicación. Te sorprendías de que yo no leyera mi página web. Mi problema no es comunicarme. Mi problema es incomunicarme. Yo no entiendo lo de los foros sociales. Yo no entiendo el fenómeno ‘facebook’. Mi intención es cortar los hilos que permiten que los demás invadan mi vida. Por desgracia, desde hace un par de años tengo un teléfono móvil, pero te aseguro que todas las noches pienso que al día siguiente lo voy a tirar a la basura, y antes o después lo haré. Cuando viajo, no sólo no me llevo teléfono, sino que le digo a la gente de mi alrededor que me estoy yendo a otro lugar, para así estar ilocalizable. Si voy a China digo que me voy a Argentina, y si me voy a Argentina digo que me voy a China. Yo tengo una vocación de soledad absoluta. Si no tuviera esa vocación de soledad no me hubiera ido a un pueblo de ocho almas. Yo a los 18 años quería ser cartujo y lamento no haberlo sido.
[Nota del entrevistador= joder, y yo que pensaba que era raro por no haber sentido nunca en las yemas de mis dedos el roce de una revista del corazón y no haber probado nunca un donut]
–En los últimos tiempos, aparte de la crítica literaria, le hemos visto al frente de espacios informativos. Me gustaría conocer su opinión sobre dos casos de la actualidad periodística, como han sido el linchamiento mediático al presunto pederasta de Tenerife –luego se demostró que la niña se había caído de un columpio– y el tratamiento de los medios a la liberación del buque Alakrana.
–En lo relativo al lamentable caso de ese chico canario, no es ni más ni menos que la vieja historia del falso culpable. El problema es que los medios de comunicación se han convertido ahora en jueces antes de que éstos emitan sentencia. Cuando dirigía el informativo diario de la noche jamás me hice eco de nada que tuviera que ver con malos tratos, crónica negra, asesinatos o sucesos. Creo que esas son noticias insignificantes, carentes de relevancia, y que sin embargo en este momento pueblan las primeras páginas de los periódicos y los telediarios. Si no hubiéramos convertido el dolor ajeno en espectáculo no habría pasado lo que pasó con este chico. En cuanto a lo del Alakrana, recientemente escribí un artículo en este sentido. Todo el mundo habla de los piratas secuestradores y de los secuestrados, pero nadie habla de los pobres atunes. El atún está a punto de extinguirse. Esto no lo digo yo, lo dicen los biólogos. Les quedan pocos años de vida. Y se van a acabar porque estos depredadores que son los pescadores europeos, que han esquilmado las aguas que rodean a Europa, ahora se van a esquilmar aguas lejanas. Tan piratas son los secuestrados como los secuestradores.
–El Extremo Oriente se ha convertido en su fuente de inspiración. ¿Se asomará usted a la portada de su próxima obra con los ojos achinados?
–Sí, a veces bromeo al decir que me siento tan japonés a la hora de escribir que incluso se me están achinando los ojos. Mi pensamiento se está japonesizando u orientalizando. En marzo de 1967, el momento estelar de mi vida, llegué por primera vez a Oriente, concretamente a la India. En esto soy tajante: Oriente empieza en la frontera entre Pakistán y la India. Todo lo que sea monoteísmo es Occidente. Islam es Occidente. Y, en cambio, todo lo que sea politeísmo es Oriente, como lo fue el paganismo, también oriental. Entonces, yo llegué por primera vez a Oriente y a partir de ahí todo mi pensamiento, toda mi forma de vivir y toda mi literatura gira alrededor de Oriente.
–¿A cuántos dioses reza usted, Sr. Dragó?
–No es una cuestión de creer. Yo no soy un hombre de fe. Yo soy un hombre de conocimiento. Los dioses del politeísmo son dioses de función. Los dioses del monoteísmo son dioses de razas. Prácticamente la totalidad de las grandes guerras de la historia de la humanidad se han hecho en nombre de Cristo, Alá o de Yavé. Jamás se ha ido a la guerra en nombre de Budha, Lao-Tsé o Siva. Hay una frase antigua que dice ‘ex oriente lux’, de Oriente viene la luz. Así que yo cuando viajo vuelo hacia la luz huyendo de las tinieblas y la oscuridad.

Texto: Quico Pérez-Ventana
Foto: Paco Alorda

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Entrevistando a don Fernando Sánchez Dragó en el Hotel Inglaterra, Sevilla. Diciembre 2009.

 

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