Cabalmente

Periodista libre y calvo en confinamiento: la cortesía en los debates parlamentarios

Escrito por . Publicado en Divagando, Letras hace 6 días.
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ESCRIBO ESTO PORQUE ES SÁBADO. Pues nada. Esta semana, como todas las semanas desde que tengo uso de razón, me he vuelto a zampar los debates del Congreso de los Diputados, sesiones de control, prórrogas de estado de alarma, comparecencias sabatinas… Lo que me echen. En ocasiones hasta dos veces. Desde Facebook o Youtube, para que pueda volver atrás si me llama alguien. ¿Conocéis a alguien que se jinque –del verbo «jincar», con jota– todos los paliques parlamentarios, desde el primer al último minuto, absolutamente todos? Yo. Solo yo. Me trago todos sin excepción. Por supuesto, los veo mientras trabajo. Porque yo siempre estoy trabajando. Quince horas. Siete días. Soy autónomo de nacimiento, igual que calvo. Qué suerte la mía.

Sabed, amigos, que nunca he militado en un partido político. Nunca he recibido un sueldo público o ideológico. Pero es que no lo puedo evitar. Si veo un político hablando, hasta ese que detesto con toda el alma, agudizo los sentidos como si fuera el mismísimo Chavo del Ocho el que estuviera en el atril. El más grande de las letras hispanas. El que me mete un nudo ahí dentro igual que Cervantes, García MárquezGaldós. Me interesa muchísimo el asunto en cuestión, decía. Pero no comento nada en redes. No soy politólogo. No estudié Ciencias Políticas, como la joía de mi señora esposa, entre otras carreras, la muy canalla, que antes le ponía el maniquí Albert –como a mí la maniquí Inés, así que no le reprocho nada– y ahora vota en blanco. No quiero aburrir al personal, que es exactamente lo que hacen los cansinos que se pasan el día compartiendo contenidos políticos. Y no pretendo estar en posesión de la verdad. Entre otras cosas, porque no hay verdad en términos absolutos. Mis amigos, gente que quiero y admiro, son de todos los colores. Cada cual cree lo que estima conveniente. Los hay incluso que votan al sujeto innoble y descortés que nos gobierna. Difícil comprenderlo. Y quiero que sigan siendo mis amigos.

Como soy periodista –aunque más horas al día soy ejecutivo de cuentas, que ya me he quitao la careta– y docente de comunicación, me fijo en detalles comunicativos, no ideológicos. Me refiero a detalles más allá de que el indocumentado presidente del Gobierno de España, de nombre Pedro Sánchez, diga esta misma semana «la onceava conferencia» o la «catorceava posición», confundiendo numerales fraccionarios con ordinarios. O una sarta de zafios esnobismos y pleonasmos. O veinte mil en consecuencias. ¿En 48 años de vida no ha tenido tiempo de leer el Libro de Estilo de El País, texto que repasan todas las criaturas cultas que quieren hablar y escribir con propiedad? ¿El presidente de mi país, además de ocuparse de asuntos sanitarios, no debe vigilar el buen uso de la lengua española, como recomienda el yahvé Álex Grijelmo? ¿Qué opina de eso el Instituto Cervantes?

Observo cosas como que la presidenta del Congreso, Dña. Meritxell Batet, se dirija a los parlamentarios como señor tal o señor cual, siempre por el apellido, como manda el protocolo de la lengua española, que ya está inventado, y cuando le habla a la limpiadora que pasa un paño anticovid-19 por la maderita neoclásica y coloca ahí arriba un vaso de agua, le diga ‘gracias, Conchi’ o ‘gracias, Rocío’. ¿Una ‘chacha’ es menos que un político? ¿O es que no conoce los apellidos de las limpiadoras? Suena talmente a clasismo, Sra. Batet.

 

«¿Conocéis a alguien que se jinque –del verbo «jincar», con jota– todos los paliques parlamentarios, desde el primer al último minuto, absolutamente todos? Yo. Solo yo. Me trago todos sin excepción»

 

Después, las habilidades oratorias. Joder, os estamos pagando. Poco, ya lo sé. Es que sois políticos, no neurocirujanos. Y sois muchos. Demasiados. Por eso Juan Roig y Amancio Ortega –ambos reciben el testimonio de mi más alta consideración– no están en la Carrera de San Jerónimo, talmente en lo privado. Pero si vais a leer un papel, enviad un correo-e y acabamos antes. ¡Que nos cuesta el dinero! Ahí incluyo a la canaria Ana Oramas, una gran mujer. Me casaría con ella en la próxima encarnación, si es que renuncia a las peluquerías –el peor invento de la Humanidad– y la Arrimadas me dice que no. Miarma, tienes apenas cuatro minutos. Memorízalo, corazón.

 ¿Y lo de mirarse unos a otros? Si me hablan a mí, lo menos es devolver la mirada. En la calle, me quito rápidamente las gafas de sol. Que me vean los ojos. En el Parlamento, cuando se dirigen a mí, ¿qué es eso de trastear con el móvil o desviar el rabillo del ojo a Cuenca o Teruel? A ver si vamos a pensar que estáis en política, ganando cuatro perras, porque no dais para más. Que en vuestra miserable existencia habéis arriesgado vuestro patrimonio para prosperar y, de paso, crear riqueza y trabajo sin cargo al Estado. O que sabéis que hay un turno de réplica y estáis esperando que lleguen instrucciones a ese dispositivo móvil que no os deberían permitir llevar al hemiciclo, para que estéis en lo que debéis estar. Porque yo, cuando estoy en una reunión con un cliente, no pongo el móvil encima de la mesa ni toco el teclado, ¿entendéis? Ni hablo cuando no es mi turno.

 Venga, hablaré también del odioso micrófono. Así que hay un tiempo límite para las intervenciones y cuando se agota, adiós micrófono, ¿no? ¿Esta cuestión no la controlaba la presidenta del Parlamento, cada vez que dice eso de ‘Sr. Casado, tiene que terminar’? ¿Sois los representantes de la soberanía popular y no nos dejáis escuchar hasta el final lo que va a influir en el futuro de nuestro país y de nuestras familias? Maldito sea el semianalfabeto tipejo avezado al poner en valor, hoja de ruta e implementar que impuso esas leyes de guardería. Uno, dos, tres. Se acabó su tiempo. Córtale el micro. Da igual que sea un un diputaducho que lee un papel dogmático y sectario o alguien que va a cambiar el curso de nuestras vidas.

 

«¿Usted es de los que en caso de crisis están todo el día quejándose y llorando o de los que venden pañuelos para llorar?»

 

Y luego está el tema de los aplausos. ¿Veis? Por eso yo nunca podría ser político. ¿Solo aplaudís al de vuestra cuerda? ¿No habéis ido al colegio? Da igual que sea público o privado. De la pública salen grandes genios. Benditas sean la educación y la sanidad públicas. ¿No sabéis que es una muestra de cortesía, de buena educación, aplaudir al orador, aunque lo que diga no te guste? Al final del día, lo único que diferencia a unas personas de otras no es el dinero, el currículo o el apellido. Es la buena educación. Si no aplaudís al rival, sois unos maleducados. Y no quiero maleducados decidiendo qué va a ser de mis hijos. Exacto, por eso yo aplaudo al Real Betis cuando salta al césped o cuando levanta un trofeo. Mi respeto y admiración al que piensa exactamente lo contrario de lo que pienso yo.

 

PD: Perdonadme, hoy estoy locuaz. Me acabo de tomar una copita de manzanilla. Es lo que pasa por enchufar una neverita en esta azotea del Tiro de Línea, Sevilla capital. Resulta que esta semana he recibido la llamada de un bróker desde Londres, no sé cómo cojones consiguió mi móvil. Quizá porque mi hija del medio se ha suscrito a Netflix, ya os podéis imaginar con qué nombre. Me dijo: Señor, usted invierte en bolsa, tiene productos financieros, fondos de inversión. ¿Quiere beneficiarse de la pandemia mundial e invertir en petróleo crudo, ventas online y Netflix? ¿Usted es de los que en caso de crisis están todo el día quejándose y llorando o de los que venden pañuelos para llorar? Sobre este particular, tres consideraciones. Primero. Qué bien que un latino en Londres te llame señor. Eso lo hacen mejor allá que acá. Cuando me llaman «caballero», se acabó la conversación. Segundo. ¿Es posible que alguien diga sí a esa llamada? ¿Se puede especular con algo que siembra sufrimiento a mi alrededor? Y tercero. No me quejo ni lloro.

 

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