Cabalmente

Silvio, en el corazón

Escrito por . Publicado en Músicas hace 9 años.
Silvio

La primera entrada de mi blog es para Silvio. Para Silvio Fernández Melgarejo, por supuesto. Mi Silvio. El que aparece en mi tarjeta de visita. El que me hablaba del Sevilla Fútbol Club en las entrevistas para El Correo de Andalucía. Yo le daba pie a ello, claro. El que sigo escuchando a diario en el iTunes. El artista más genuino y entrañable que jamás pisó las calles de Sevilla, ahora adornando una calle de Los Remedios y todo. El que siempre llevaré en mi corazón.

Ante todo me interesaba su persona, su figura, su garbo, su ingenio. También su música: rocanrol clasicote, políglota y señorial. Podría recordar en estas líneas las geniales ocurrencias que entregó al mundo a través de los micrófonos de Quintero, Correal, Valenzuela o del mismo servidor de ustedes, entre tantos periodistas que tuvieron la dicha de interrogarle, pues era la entrevista soñada, el palique perfecto. No, mejor narraré lo mismo que conté esta primavera en el ciclo que albergó el Fórum de la Fnac, tres jornadas que ensalzaron su memoria ocho años después de que dejara huérfano el rockerío hispalense. Y digo bien, porque si en los 80 y los 90 vibrábamos con Dogo y los Mercenarios, Las Balas, Baldomero Torre y sus Cuchillos Afilados, Tiernos Mancebos, Dulce Venganza, Helio, Loscomotoras, Caledonia Blues Band, etc., ¿quién nos hace ahora estremecer? Difícil papeleta para un tipo al que no le gusta el rap, como es mi caso.

En el Ciclo de Silvio en la FNAC. De izqda a dcha: Pive Amador, Javier Márquez, Paco Correal, un servidor (con la mano en alto, muestra de mi fervor por el personaje) y Alfredo Valenzuela. Abril 2009. Foto: Maru Sánchez

Pues tengo tres anécdotas. Una. El primer fin de semana que salí con Pilar, mi esposa y madre de mis hijos, la llevé a un concierto de Silvio en la caseta municipal de Alcalá de Guadaíra. Corría el año 89. En un momento dado, la dama me mostró su contrariedad. Mi mirada fue tal que ella asintió y desde entonces pareció llevar el ritmo de las caderas del maestro, pese a su estado chisposo. Del artista, se entiende. Y es que debió comprender que si quería establecer unos sólidos cimientos en la recién estrenada relación había asuntos que no debía cuestionar. Dos. La semana de mi boda fue la del fallecimiento de Silvio. Hay que joderse. En Riviera Maya andaba yo más pendiente del entierro del mito que de los tiros en Afganistán. Y tres. En la primavera de 2005 se presentó en la sede de la Fundación Lara la reedición de la biografía de Silvio, Vengo buscando pelea, de Alfredo Valenzuela y Pive Amador. Aquella mañana, sin comerlo ni beberlo, acordé la edición en semejante editorial de mi primer libro. Y es que Silvio siempre fue el mejor cauce.

De ese libro que citaba me quedo con la frase de Valenzuela: «Tiene estilo, siempre llevó corbata y nunca necesitó un reloj». Genial. Menos mal que alguien escribió aquella biografía, que un cineasta le hizo un documental a la altura –A la diestra del cielo– y que Pive reunió el más fantástico cancionero que jamás defendió Don Silvio, el de Fantasía Occidental. Todo ello ha engrandecido la leyenda. Como Dios manda.

«Esta mañana estaba yo en Los Remedios –me contaba Silvio, trianero, cuarterón gitano y ex millonario, para El Correo de Andalucía en julio de 1995–, llegan dos amigos y me dicen: vámonos para Sevilla. Ah, pero ¿Los Remedios no es Sevilla?, pregunto yo. Y me contestan: no, hay que atravesar el puente. Cogimos un taxi y nos fuimos a la Plaza del Salvador, y allí había más gente que palomas». No le pregunté eso, pero era justo lo que quería oír. Ahí estaba el señor.

Hablando sobre Silvio –bendita temática– en la FNAC. Abril 2009. Foto: Discos Senador

 

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